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lunes, 27 de mayo de 2013

"No podemos esperar a las elecciones alamanas": nuestro artículo en El País

Diego López Garrido, Nicolás Sartorius y yo mismo, en tanto que Director y coautores (junto con otros) del II Informe sobre el estado de la UE de la Fundación Alternativas y la Friedrich-Eber-Stiftung, publicamos a seis manos en El País un artículo titulado "No podemos esperar a las elecciones alemanas". Este es su texto:

No podemos esperar a las elecciones alemanas

( El País, 21 de mayo de 2013)

El descenso en la prima de riesgo de España —y de Italia, Portugal, Francia, etcétera— no ha sido causado por la política económica seguida por el Gobierno en el último año y medio, como afirmó Rajoy sin pestañear en el debate parlamentario de la semana pasada. Esta política es responsable del aumento hasta el infinito del paro, al aprobar una reforma laboral suicida cuyo efecto ha sido el despido masivo. De eso sí es responsable. Pero no, desde luego, de la relajación de los mercados financieros mundiales en las últimas semanas.

El origen de este punto de inflexión coyuntural está en tres hechos concatenados: la decisión del Banco Central de Japón de inyectar, por fin, liquidez en la economía financiera, siguiendo la política de la Reserva Federal de los Estados Unidos; la bajada del tipo de interés decretada por Draghi y su amenaza de ir más allá; y la resignación de la Comisión Europea a que la cifra mágica del 3% del PIB de déficit sea retrasada dos años más en Francia, España y Holanda (en este caso, un año más).

La razón de esas decisiones del BCE y de la Comisión es “la crisis dentro de la crisis” sufrida por el (hasta ahora) dogma de la austeridad, que lleva dominando el escenario de la política económica europea desde la noche del 9 al 10 de mayo de 2010; la del pánico de los Gobiernos europeos a los mercados financieros, tras el estallido de la economía griega. Ese pánico es el que desencadenó la política de austeridad, porque los Gobiernos de la eurozona, mayoritariamente, entendieron que, si no se daba un hachazo a los gastos públicos, los inversores dejarían de financiar la deuda y abocarían a la quiebra a un país tras otro.

La campeona del rigor presupuestario en estos años ha sido Angela Merkel, la derecha alemana. Lo sigue siendo. Tiene un objetivo, ganar las elecciones del 22 de septiembre. No va a cambiar hasta entonces. Pero los demás países, particularmente los llamados periféricos, y en especial el nuestro, no pueden aguantar más dosis de recorte de gastos a palo seco.

Asistimos, como dice el título del Informe de las Fundaciones Alternativas y Friedrich Ebert sobre el estado de la Unión, al “fracaso de la austeridad”. De hecho, las economías que más han cortado el gasto público —rescatadas como Grecia y Portugal y no rescatadas como Reino Unido— son las que más contracción han sufrido. Se ha producido algo que la doctrina de la austeridad no había querido prever. La lucha unidimensional contra el enorme déficit y la correspondiente deuda de los países europeos ha terminado en más recesión y en una subida impetuosa de la deuda. La eurozona tiene, como media, un 90% del PIB de deuda. Tendrá un 96% —pronostica la Comisión— en 2014. Un 12,1% de la población activa desempleada. Decrecimiento de la economía mayor aún (0,3% en 2012; 0,4% como previsión para 2013). Debilitamiento acusado del Estado de bienestar, sanidad, educación, dependencia. Hundimiento de la capacidad del consumo. Podríamos seguir desgranando cifras a cual más negativa, que empiezan a extenderse a los países “acreedores", como Alemania. BMW y Siemens acaban de anticipar peores resultados en 2013 a causa de la debilidad manifiesta de los mercados europeos.

Ya no vale decir que los inversores castigan con intereses altos a las emisiones de deuda de los países más sedientos de financiación. Incluso Bill Gross, del Pacific Investment Management Company, uno de los grandes inversores, que había sido firme sostenedor del mantra de la consolidación fiscal, ahora defiende con la misma contundencia lo contrario, diciendo que la austeridad ha ido demasiado lejos. Es lo que están diciendo empresas inversoras del Ibex 35 (recientemente, ACS). Lo mismo declara sin tapujos el nada sospechoso Fondo Monetario Internacional. Hay una conciencia cada vez más acusada de que las economías europeas habrían crecido de no haberse aplicado de forma rígida la política de austeridad, y de que hoy es más urgente fortalecer la demanda y crear empleo que reducir la deuda rápidamente.

La cuestión no es dar un bandazo y renunciar a hacer descender la cifra de deuda, sino tener suficiente flexibilidad para abrirse a un plan de estímulo económico creíble para la creación de empleo, sobre todo entre los jóvenes. ¿Cómo financiar este estímulo a corto plazo? Básicamente, a través de créditos del Banco Europeo de Inversiones para infraestructuras; del descenso de la prima de riesgo, aún muy alta y poco competitiva para España, mediante una acción más decidida del BCE en la compra de bonos; y de que el dinero que este da a los bancos, ilimitadamente y casi regalado, llegue a las pymes europeas con este mismo bajo interés. Esa condicionalidad es la que debería establecer el BCE a cambio de dar crédito barato a la banca. Sería esencial esta acción porque, a diferencia de Estados Unidos, los créditos bancarios representan en Europa el 80% de la deuda corporativa. Por otra parte, la unión bancaria, con su complejidad legal y las constantes dudas germánicas, aún queda lejos.

Las medidas supranacionales requieren un complemento nacional, que no es sino la reforma fiscal, para que las rentas del capital, de las multinacionales, de las grandes fortunas, de los poderosos servicios financieros, sufraguen el precio de una crisis creada por ellos.

La necesidad de orientarse hacia el crecimiento, financiado con más ingresos —no con menor gasto público— es ya una evidencia imposible de obviar. Hay una fatiga de austeridad que las sociedades europeas no soportan por más tiempo. Sobre todo cuando observan que países como Estados Unidos, que no ha seguido esta política, abandonó la recesión a mediados de 2009 y tiene resultados como el del mes pasado: 165.000 empleos creados, y una tasa del desempleo que baja del 7,6 al 7,5%. En la Unión Europea, los bancos son incapaces de transmitir a las empresas los beneficios de una política monetaria laxa como la impulsada —con regular éxito— por un BCE dividido y siempre cuestionado desde el Bundesbank.

El giro hacia la creación de empleo no se puede hacer desde un solo Estado. Necesita de una estrategia europea. La Unión Política es la culminación natural de una política económica común, pero esto es a largo plazo. Por eso, el Consejo Europeo de junio tendría que dar el salto hacia una política económica activista para la recuperación del crecimiento. Solo este órgano —en detrimento de la Comisión y el Parlamento Europeo— tiene hoy la autoridad y capacidad política para hacerlo. Una serie de países —mayoritariamente del Sur— deberían aunar esfuerzos en esa dirección. Los nuevos Gobiernos en Italia y Francia lo facilitan. Falta que el español deje su actitud pasiva y se una a una política que debe aspirar a ser mayoritaria en el Consejo Europeo, como empieza a serlo en el seno del BCE. Veintiséis millones y medio de parados en Europa, más de seis millones en España, no pueden esperar a las elecciones alemanas.

miércoles, 15 de mayo de 2013

¿Alemania culpable?: mi artículo en El Huffington Post

Aquí tenéis mi post:

¿Alemania culpable?

Carlos Carnero.Director gerente, Fundación Alternativas


Publicado: 06/05/2013
Si la primera víctima de la guerra es la verdad, en el caso de las crisis son los matices los que corren la peor suerte. Lo estamos comprobando en Europa con la recesión económica sin saber a fecha de hoy hasta dónde nos llevarán las descalificaciones cruzadas y a bulto que recorren el continente, aunque intuimos que a ningún buen lugar.

Hace pocos días el fútbol nos ha recordado hasta qué punto son ridículas las generalizaciones. No fue España la eliminada en las semifinales de la Champions, sino dos de sus mejores equipos: el Real Madrid y el Barcelona, compuestos por un mosaico multinacional de jugadores tan variado como el de sus adversarios en la eliminatoria. Si uno de los dos hubiera obtenido el billete a Wembley, todo el discurso globalizador de la victoria de Alemania y la derrota de nuestro país sobre el césped no habría salido a la superficie. ¿O es que si el Bayern gana al Borussia afirmará alguien que Baviera ha derrotado al resto de la República Federal, o viceversa?

Con la crisis pasa en buena medida lo mismo. Hartos ya de estar hartos, muchos de los que sufren las consecuencias más duras de la crisis en forma de recesión y desempleo vuelven sus miradas hacia Alemania para señalarla con el dedo y declararla culpable. Por su parte, los que en teoría se benefician de esa política en territorio germano aumentan el volumen de las mentiras y los tópicos sobre las cigarras del sur de Europa. A este paso, la capacidad superadora de fronteras generada por décadas de éxito en la construcción europea puede quedar literalmente sepultada por toneladas de nacionalismo.

Hay que parar este despropósito con las luces de la razón, ni más ni menos.

En primer lugar, afirmando que no son los países como entidades totalmente homogéneas sin diferencias internas quienes adoptan decisiones, equivocadas o erróneas. Alemania no es la responsable de la imposición de una política de austeridad a ultranza y palo seco que está devastando las esperanzas de millones de europeos en salir de la crisis y poniendo una bomba de relojería en este gran invento que es la UE. Hilemos un poco más fino: la autoría de tal política tiene nombres, partido e intereses, que no son otros que Angela Merkel, la CDU y las clases dominantes del país. Ni los socialdemócratas ni los millones de alemanes que viven en condiciones salariales y laborales precarias defienden algo que ni consideran acertado ni les beneficia. Ahí está el programa del SPD para demostrarlo.

Como tampoco es España sin más quien considera probado que la austeridad no le sacará del pozo económico en el que ha caído. Son Mariano Rajoy, el PP y los empresarios que esperan recuperar su tasa de beneficio destruyendo el mercado laboral quienes la asumen y la defienden. Pero no los sindicatos, la izquierda (PSOE e IU), la sociedad civil movilizada en defensa de lo público o los seis millones de parados.

Es ahí donde ha residido el error de los socialistas franceses al plantear en un primer momento una "confrontación democrática" con Alemania para cambiar el rumbo de la política económica europea, porque no es a ese país al que hay que plantar cara, sino a quien lo dirige. Mejor hubieran hecho desde el principio en proponer una batalla de propuestas y valores contra la derecha europea, porque la francesa no se aleja demasiado en sus planteamientos de la germana.

¿Cómo? Con un programa común para la recuperación económica a través de la defensa del Estado del bienestar con quienes en Berlín, Roma o Madrid están dispuestos a decir basta al suicidio de la austeridad, demostrando que los intereses de la mayoría de los alemanes, los franceses, los italianos o los españoles difieren de los que encarna Merkel.

Parece increíble que habiendo construido la primera democracia supranacional de la historia que es la UE, con una orientación federal que se ejercita cada día en políticas comunes e instituciones tan impresionantes como el Parlamento Europeo o la Comisión, se haya conseguido introducir de nuevo la vieja dialéctica de unas naciones contra otras consideradas como un todo, olvidando que las componen ciudadanos con intereses y aspiraciones legítimamente contrapuestos.

Quienes creemos en una UE federal y solidaria, hablemos alemán o español, griego o sueco, italiano o inglés, estamos aún a tiempo de actuar como ciudadanos europeos, que es lo que somos. De lo contrario, este instrumento de valores y objetivos que es la Unión terminará naufragando en un indescifrable mar de banderas y mezquindades.



jueves, 5 de julio de 2012

Del Consejo Europeo a Mario Draghi: mis artículos en El País y El Huffington Post

Acabo de publicar dos artículos.

Uno en El País, con Diego López Garrido, sobre el Consejo Europeo de finales de junio, y otro en El Huffington Post, sobre la bajada de los tipos de interés por el BCE.

Ahí tenéis los enlaces y también los copio a continuación:

La Constitución europea, al rescate de la Unión


Diego López Garrido / Carlos Carnero González 30 JUN 2012 

¿Cuántas veces ha leído u oído usted aquello de “la fracasada Constitución Europea”? ¿O lo otro de “los diez años que la UE perdió en debates institucionales”, a propósito de su elaboración y posterior y accidentada trayectoria? Sí, muchas, ya lo sabemos. Lo hemos sufrido.

Seguro que coincidimos también en que las conclusiones del Consejo Europeo de junio no están nada mal. Incluso pensamos —con las debidas dudas provocadas por los precedentes, que solo el tiempo y la voluntad política de los gobiernos despejarán— que quizás estemos al comienzo del principio de un nuevo período de la construcción comunitaria que nos termine llevando a una verdadera unión económica (con todos los lados de la figura incluidos: fiscal, bancario, presupuestario, ¿social?) y a tener los instrumentos para salir de la crisis de la deuda de una vez por todas.

En realidad, pocas veces antes se han incluido tantas cosas en tan pocas líneas: un par de folios de acuerdos han sido más que suficientes para provocar una sensación de alivio que ha recorrido la UE, desde sus ciudadanos a sus mercados de valores.

En esos dos folios hay un párrafo especialmente importante que identifica como un objetivo de la UE romper el círculo vicioso entre bancos y emisores soberanos (léase estados que emiten deuda pública) gracias a que, en el inmediato futuro, el Mecanismo Europeo de Estabilidad, con sus cientos de miles de millones de euros disponibles, pueda recapitalizar directamente a los bancos en dificultades a través del correspondiente Memorando de acuerdo, por supuesto.

Se dice que eso se hará realidad una vez se establezca un mecanismo único y efectivo de supervisión, en el que participe el Banco Central Europeo, para los bancos de la zona del euro.

Para ello, se pide a la Comisión Europea que presente en breve propuestas en tal sentido para que sean estudiadas por el Consejo Europeo antes de finales de 2012.

La Comisión presentará tales propuestas y, en consecuencia, el Consejo adoptará su decisión, basándose en el punto 6 del artículo 127 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea, el segundo tomo del Tratado de Lisboa, para entendernos.

Tal punto 6 afirma que “el Consejo, mediante reglamentos adoptados con arreglo a un procedimiento legislativo especial, por unanimidad y previa consulta al Parlamento Europeo y al Banco Central Europeo, podrá encomendar al Banco Central Europeo tareas específicas respecto de políticas relacionadas con la supervisión prudencial de las entidades de crédito y otra entidades financieras, con excepción de las empresas de seguros”.

Hablamos, pues, de una piedra angular en la futura unión bancaria y, para los españoles, de que la mala situación de algunos de nuestros bancos no termine convirtiendo el rescate europeo ahora establecido en un incremento de nuestra deuda que termine costándonos, vía subida de la primera de riesgo, sudor y lágrimas.

¿Saben ustedes cuando entró el vigor el Tratado de Lisboa? El 1 de diciembre de 2009. Y parece que al final va a servir para algo porque sin el punto 6 de su artículo 127 hubiera sido legalmente imposible –al fin y al cabo, la Unión es una construcción de derecho en la que las decisiones necesitan bases jurídicas para ser adoptadas, que si no luego viene el Tribunal Constitucional alemán a sacar la tarjeta roja- que la cumbre adoptara un acuerdo de tanto calado como el indicado, que nos va a salvar, literalmente, la cartera.

Pero eso no es lo mejor. Ahora vamos. El punto 6 del artículo 127 que nos ha dado, como Unión y como España, el oxígeno que necesitábamos, lo adoptó la Convención y lo incluyó en la Constitución Europea. Por eso existe: de ella lo heredó directamente el Tratado de Lisboa.

Parece, años después, que con su muy mayoritario SÍ a aquella Constitución en el referéndum de 2005 los españoles no se equivocaron. Tras el no de franceses y holandeses, el voto español ayudó bastante a que el texto continuara andando y se convirtiese en su 95 % en el Tratado de Lisboa que hoy nos permite seguir adelante y a tiempo.

¿Década perdida? ¿Constitución fracasada?

Diego López Garrido, diputado socialista, y Carlos Carnero, Director Gerente de la Fundación Alternativas, fueron miembros de la Convención que redactó la Constitución Europea (2002-2003)

 Draghi interpreta la venganza de Merkel

La particular lectura que Mario Draghi, presidente del Banco Central Europeo (BCE), ha hecho de las conclusiones del reciente Consejo Europeo no ha podido ser ni más decepcionante ni más clarificadora.

Pocos días después de que, en apenas dos folios, los máximos dirigentes de la UE transmitieran el esperanzador mensaje de que estaban dispuestos a dar pasos significativos hacia la unión económica solventando al tiempo algunos de los graves problemas que nos atenazan (particularmente en el terreno de la deuda y la salud de las entidades financieras), Draghi nos ha devuelto a la cruda realidad.

Al anunciar que los tipos de interés bajarían únicamente del 1 al 0,75 % (cuando en los Estados Unidos y el Reino Unido se sitúan en el 0,25 y el 0,50, respectivamente), Draghi ha añadido que el BCE no tiene ninguna intención de poner en marcha nuevos programas de compra de deuda pública de los estados miembros de la eurozona en dificultades o de ofertar liquidez adicional para el sistema bancario del mismo área.

Las consecuencias negativas han sido inmediatas, cosa de minutos, por ejemplo en España: hundimiento del Ibex y escalada de la prima de riesgo hasta 540 puntos, de forma que incluso la rescatada Irlanda se financia hoy en día con menor coste que nuestro país.

Lo que Draghi nos está transmitiendo con tales decisiones es una suerte de venganza de Angela Merkel: "si considerabais que había sido derrotada hace unos días, ahora comprobaréis hasta qué punto sigo dominando la situación".

La venganza incluye, al menos, dos capítulos. El primero: hasta que no pongáis en marcha nuevos ajustes en el sentido de mayor austeridad presupuestaria, no recibiréis nada a cambio. La segunda: una vez que hayamos comprobado la veracidad de los mismos, empezaremos a recorrer la senda de lo acordado en el Consejo Europeo, eso sí, con tranquilidad (la que a los italianos o a nosotros nos falta).

Ello vale tanto para lo decidido sobre la posibilidad de que el Mecanismo Europeo de Estabilidad compre deuda de los países asfixiados (siempre a cambio de un memorándum con contrapartidas para apretarse el cinturón) como en cuanto a que se pueda recapitalizar directamente a los bancos siempre y cuando el BCE asuma funciones de supervisor único a partir del artículo 127.6 del Tratado de Lisboa.

Esto es: hasta que tales decisiones se hagan realidad (¿en los próximos meses, en 2013?), Italia o España tendrán que seguir demostrando ser buenos alumnos en sufrir y en hacer frente en solitario a los ataques especulativos. Quizás en ese plazo hayan adelgazado lo suficiente como para que pasen la prueba de la báscula y las decisiones anunciadas por el Consejo Europeo se hagan realidad, mercados mediante.

A Alemania y al BCE, por cierto, no les viene nada mal tener a países extremistas en ese sentido que den la nota y amenacen con bloquear futuros acuerdos si no se sigue esa línea, papel cumplido estos días por Finlandia y Holanda.

Aunque nos duela reconocerlo, está claro que los europeístas podemos haber cantado victoria demasiado pronto.

Como las decisiones del BCE hacen evidente que Monti y Rajoy pagarán en sus propias carnes las consecuencias de lo acordado en Bruselas, y lo harán a un alto precio.

A este paso, la UE seguirá sufriendo en su credibilidad ciudadana por culpa de la obsesión de Berlín y Frankfurt en políticas tan sorprendentes como que sean anunciadas (en el caso del BCE) al mismo tiempo que otros nada sospechosos deciden exactamente lo contrario: es el caso del Banco de Inglaterra, que acaba de elevar su capacidad para comprar deuda en 50.000 millones de libras.

Por una vez, lleva razón Krugman: hay que plantarse en Berlín (Frankfurt se ha demostrado una sucursal de sus decisiones) para que, mientras esperamos la operación que representan los acuerdos del Consejo Europeo, se evite que nos maten de un infarto. El medicamento se llama "bazooka", lo tiene el BCE y consiste en comprar deuda italiana y, sobre todo, española, masivamente. Rajoy debe contar con todo el apoyo político para hacerlo.

Parece que el Gobierno alemán ha decidido actuar en base a la norma de a Dios rogando y con el mazo dando. El problema es que este país, al menos, no está para más golpes.

Golpes que, por cierto, recibimos cuando España se queda sin un nacional en la dirección del BCE. Peor momento, imposible.

Carlos Carnero,

Director Gerente de la Fundación Alternativas








domingo, 29 de abril de 2012

Rajoy debería mirar a la EPA, no a Merkel: mi post en el blog Alternativas en El País

Este es el post que acabo de publicar en el blog Alternativas en El País:

Rajoy debería mirar a la EPA, no a Merkel

Por: Alternativas | 29 de abril de 2012

CARLOS CARNERO

La primera EPA de Mariano Rajoy ha asaltado los titulares de los periódicos al mismo tiempo que el Presidente se reafirmaba sin asomo de rectificación en la política de austeridad, traducida en los recortes sin precedentes incluidos en el proyecto de Presupuestos Generales del Estado presentado por su gobierno a las Cortes. Al hilo de la previsible llegada de Hollande al Eliseo, con su programa crítico del Tratado de Estabilidad, se ha abierto un intenso debate en la UE sobre la conveniencia de seguir aplicando a pies juntillas la ortodoxia fiscal impuesta por la derecha alemana desde el Gobierno de Angela Merkel como única receta frente a la crisis. Es tan evidente que tal receta, más que curar la enfermedad, contribuye abiertamente a agravarla, que no solo la izquierda, sino incluso primeros ministros como Mario Monti y otros dirigentes moderados del centro-derecha, han empezado a poner en cuestión una estrategia que nos acerca cada día más al colapso económico y social. Nadie discute la necesidad de introducir rigor en las cuentas públicas de los países de la eurozona, algo por otra parte acordado desde el principio a través de los "criterios de Maastricht". Pero lo que sí se cuestiona es llevar el principio de la austeridad hasta el paroxismo, es decir, hasta el déficit cero, particularmente cuando muchos socios de la moneda única - como España- están entrando en una nueva recesión. Hacer compatibles austeridad y crecimiento exige medidas urgentes, posibles y necesarias como las siguientes: añadir el Tratado de Estabilidad un protocolo relativo al crecimiento, tema que podría ser abordado en el Consejo Europeo convocado para principios de mayo por Van Rompuy; asumir que la inversión pública es imprescindible para la reactivación económica, por lo que su incremento debería descontarse - cuando la Comisión Europea juzque las cuentas de cada estado - del deficit en aquellos países en los que la tasa del paro sea enorme o creciente; establecer ya en la UE una tasa sobre las transacciones financieras internacionales, de manera que los fondos recaudados con la misma sirvan para dotar planes comunitarios de crecimiento y empleo; demandar al Banco Central Europeo que colabore con la política económica de la Unión - como le obliga el Tratado de la UE- a través de medidas expansivas. En esta coyuntura, alinearse con la doctrina Merkel puede ser visto por Rajoy como una oportunidad para ofrecerse como aliado preferente de Alemania cuando se adivinan diferencias en el eje París-Berlín tras la victoria de Hollande. Se equivocaría, al menos por dos razones: una, a España le conviene lo que propone el socialista francés y no lo que mantiene la conservadora germana; dos, es posible que la propia canciller sea sustituida por el candidato socialdemócrata en las elecciones generales de 2013. En uno y otro caso, más que obsesionarse por ocupar la plaza libre del taxi junto a Merkel como el buen alumno de su doctrina y correligionario ideológico, nuestro Presidente debería mirar a las cifras de la EPA (5.640.000 parados, 366.000 más que el 31 de diciembre) para saber que su elección tendría que ser otra.

lunes, 9 de enero de 2012

¿Estará España el 20 de enero en la reunión de Alemania, Francia e Italia? Rajoy tiene la palabra


Empieza 2012 y la UE lo estrena frenéticamente. Una vez más, aseguran algunos, la cuestión es salvar el euro.

Dudo mucho de que el euro esté en peligro de desaparecer. No hay factores objetivos que avalen tal posibilidad, porque una cosa es estar en dificultades y otra muy distinta en peligro de muerte.

Sin embargo, ha llegado la hora de aplicar lo decidido en la Cumbre de Bruselas de diciembre para poner en marcha un Tratado internacional a 17 o más que facilite y fortalezca la gestión de la moneda única.

Se puede hacer sin añadir otros debates o asumiendo que lo acordado en diciembre no es suficiente para retomar la senda del crecimiento y el empleo.

Parece evidente que la austeridad por la austeridad no es la receta para salir de la crisis, por mucho que se empeñen gobiernos como el español, cuyas decisiones pueden llevarnos a una profunda recesión que eleve en cientos de miles los puestos de trabajo destruidos en los próximos doce meses.

Hace falta equilibrar la austeridad con las políticas activas desde lo público que ayuden a reactivar la economía. Más ajustes ahora son innecesarios por contraproducentes.

De ahí la importancia de que un país como España fuera capaz de contribuir a reorientar la política europea. Lamentablemente, los planes del Gobierno van en la dirección contraria.

El 20 de enero se reunirán Alemania, Francia e Italia en las personas de su canciller, presidente y primer ministro. Al parecer, España ni está convocada ni se la espera.

Sea cual sea la posición del Ejecutivo español, sería bueno que nuestro país tomara parte en este tipo de encuentros, claves para la cita del Consejo Europeo del 30 de enero y para otras decisiones. Lo ha declarado López Garrido y lleva razón.

¿Será capaz Rajoy de moverse para estar? Y si lo hace, ¿qué dirá?

Me pregunto, por ejemplo, si el PP, ahora en La Moncloa, seguirá oponiéndose a la tasa sobre las transacciones financieras internacionales que la UE respalda y Sarkozy está empeñado en implantar cuanto antes, incluso en solitario.

Les deseo lo mejor a mis antiguos colegas y amigos en el Parlamento Europeo ahora al frente del Ministerio de Asuntos Exteriores y de su Secretaría de Estado para la UE, García Margallo y Méndez de Vigo, que son políticos capaces, experimentados y europeístas, cuyo nombramiento ha sido para muchos, entre los que me cuento, una buena noticia.

Tienen ya, a la vuelta de la esquina, una buena oportunidad de demostrar su visión europea consiguiendo que España esté en la reunión del 20 de enero y promueva posiciones de mayor equilibrio entre austeridad y crecimiento en las políticas de la Unión. No estar sería negativo, un fracaso por acción u omisión. Pero estar para no decir nada o actuar de rémora, también.

Llegó el tiempo de hacer desde el gobierno y ser criticado o aplaudido por los resultados obtenidos. Eso es democracia.

martes, 29 de noviembre de 2011

¿Núcleo duro del euro? NO con mayúsculas: mi artículo en Nueva Tribuna


Como nos descuidemos, nos rompen la Unión Europea. Así lo digo en el artículo que acabo de publicar en Nueva Tribuna.

¿Núcleo duro del euro? NO con mayúsculas

Carlos Carnero

Conviene estar atentos a lo que se nos puede venir encima desde Bruselas en los próximos días para decir, sencillamente, NO, con mayúsculas. Un no europeísta, por descontado, un gran no.

Me refiero al invento de cambiar los Tratados de la UE en vigor para configurar un “núcleo duro” o una “primera línea” del euro que la derecha alemana encabezada por la Angela Merkel y secundada por la francesa anda propugnando a los cuatro vientos de las filtraciones periodísticas al mismo tiempo que sigue alentando las dudas sobre algunos países comunitarios para beneficiarse de las dificultades de su deuda. El último ejemplo de tal situación lo protagonizó a su pesar, hace algunos días, Mario Monti, que en la misma rueda de prensa conjunta con Merkel y Sarkozy contempló –supongo que estupefacto- cómo la canciller se dedicaba a espolear a los mercados para que le pidieran a Roma un interés brutal e injustificado por sus emisiones a corto plazo: buena mano…al cuello.

Ahora nos dicen que hay que cambiar los Tratados para conformar una “unión fiscal” entre los socios cumplidores del euro, de la que quedarían fuera los díscolos. “Unión fiscal”, traduciendo de Merkel, no significa otra cosa que consagrar en la norma básica de la UE nuevos criterios de austeridad presupuestaria, o sea, nuevos y más duros ajustes, por si habíamos tenido pocos.

Cuando la OCDE acaba de advertir que la UE entrará en 2012 en recesión y Barack Obama reclama a Barroso y Van Rompuy en la Casa Blanca que pongan su economía a funcionar de una vez, la única idea que se les ocurre a Merkel y a Sarkozy es promover más y mayor dureza, menos gasto e inversión pública. Y encima quieren consagrarlo en los Tratados en tanto que norma de derecho primario. Exactamente lo contrario de lo que necesitamos.

El Tratado de la UE obliga a todos los estados miembros –excepto al Reino Unido y a Dinamarca- a ingresar en el euro, cumpliendo para ello los llamados criterios de convergencia y el Pacto de Estabilidad y Crecimiento en deuda, déficit e inflación. Luego han venido muchas normas que inciden en ese sentido, pero sin rango constitucional: el Pacto Euro Plus o, directamente, la puñalada de la prima de riesgo.

Ni nos hace falta ni es posible crear una Europa a distintas velocidades cuando hablamos del euro. Primero, porque estar en el euro es un derecho y una obligación de todos los estados miembros con los mismos criterios; segundo, porque los parámetros para ingresar en la moneda única ya están fijados suficientemente; tercero, porque la cooperación reforzada no es aplicable en el campo de las competencias exclusivas de la UE, y la monetaria lo es.

Se habla también de un tratado bilateral negociado entre estados que luego se añadiría al acervo comunitario, como se hizo con Schengen. Volveríamos por esa vía a poner en cuestión el avance hacia la unión política y el método que lo gestiona, aumentando el déficit democrático exponencialmente.

Pero la gran cuestión es ¿para qué diablos nos hace falta esa reforma de los Tratados que consagraría un “núcleo duro” o una “primera línea” del euro? ¿Para el bien común? No, en realidad para favorecer los intereses del capital financiero e industrial centroeuropeo y las aspiraciones ideológicas de la derecha que gobierna en Berlín o París.

Veamos. Lo que de verdad nos hace falta es emitir eurobonos y que el BCE compre deuda de los países de la eurozona a cualquier precio. Para eso no hace falta reformar los Tratados. Y si estos se reforman no debe ser para escribir en mármol políticas económicas que tienen alternativa o principios ideológicos que no es obligatorio compartir, sino para establecer un Tesoro europeo, armonización fiscal y una Europa social digna de tal nombre.

Así que mi conclusión es la del principio de este artículo. ¿Reforma de los Tratados para un “núcleo duro” del euro? NO; ¿reforma de los Tratados para un verdadero gobierno económico europeo? SÍ; ¿reforma de los Tratados para santificar la política económica conservadora que nos mantiene en el estancamiento y nos lleva a la recesión? NO; ¿reforma de los Tratados para que la UE pueda intervenir en el ciclo económico para el crecimiento y el empleo? SÍ. ¿Reforma de los Tratados para lo que de verdad importa ahora, o sea, contar con eurobonos y con un BCE que compre deuda de los estados de la eurozona? NO hace falta.

La solución europeísta y eficaz a los problemas de la UE es la federal. Y la que proponen –o insinúan proponer- Merkel y Sarkozy es todo lo contrario: la fragmentación de la Unión.

Ya que confío bien poco en la capacidad de la Comisión para defender el interés comunitario con firmeza, espero que el Parlamento Europeo utilice esta ocasión para restablecer su autoridad y reaparecer de una vez por todas diciendo que no acepta destrozar la Unión de la que es la única institución elegida en las urnas.

Los planes de la Alemania de Merkel y de la Francia de Sarkozy no convienen tampoco a España, por razones evidentes: forzarnos a más ajustes es un suicidio seguro. Por lo tanto, el objetivo no debe ser estar en esa “primera línea” futura del euro, sino de oponerse a cualquier atisbo de inscribirla en los Tratados. Es lo que debe exigirse que defienda el Gobierno español porque conviene al interés de nuestro país: no a una reforma de los Tratados, no al núcleo duro del euro, sí a los eurobonos y aun Banco Central activo frente a los especuladores. En lo primero, el Ejecutivo lo tiene fácil: con que un estado miembro diga no, no habrá atutía. Se llama unanimidad y lleva aparejado el derecho de veto.

El PSOE, consecuentemente con su programa electoral, lo tiene fácil y claro: NO.

martes, 22 de noviembre de 2011

Escenas de la lucha de clases en la UE: mi artículo hoy en El País

¿Qué mejor reflexión tras el 20-N que publicar un artículo en El País?

Escenas de la lucha de clases en la UE

CARLOS CARNERO

22/11/2011

Una de mis películas favoritas es Escenas de la lucha de sexos en Beverly Hills, dirigida en 1990 por Paul Bartel: inteligente, elegante, divertida. El título con el que fue estrenada en España tiene su gracia: somos tan mojigatos que, dicen, cambiaron el original en inglés porque resultaba muy fuerte que se llamase aquí Escenas de la lucha de clases en Beverly Hills.

Nos pasa un poco lo mismo con la crisis o con la Unión Europea: parecemos incapaces de llamar a las cosas por su nombre y de analizar lo que ocurre desde un punto de vista socioeconómico, teniendo en cuenta, como ha recordado el multimillonario Warren Buffett, que sigue habiendo lucha de clases, y la están ganando los ricos.

Ni la UE ni el euro van a desaparecer. Afirmarlo solo forma parte del tremendismo que se ha apoderado de buena parte de la opinión pública. Pero es verdad que la UE ha conseguido enredarse en su propio rompecabezas de acuerdos y desacuerdos, con el consiguiente despiste de la ciudadanía y de los propios responsables políticos. Desde que empezó la crisis, la UE ha tomado muchas y buenas decisiones. Las últimas, en la Cumbre de la Eurozona sobre la recapitalización bancaria, la quita privada de la deuda griega y la ampliación del Fondo Europeo de Estabilidad Financiera a un billón de euros.

Entonces, si la UE ha avanzado mucho en instrumentos y procedimientos de toma de decisiones económicas y financieras desde el comienzo de la crisis, ¿por qué seguimos temiendo que cada momento (el último: máxima agudización de las crisis políticas y de la deuda en Grecia e Italia) sea el final, en el peor sentido de la palabra? La explicación no hay que buscarla ni en un análisis estático de la Europa de los Estados ni en el perfil psicológico de los gobernantes: ese simplismo ya aburre.

Pero un análisis social y dialéctico de lo que está pasando sí nos puede llevar a conclusiones válidas, empezando por la fundamental: el laberinto europeo está provocado, por un lado, por la incapacidad de la mayoría conservadora del Consejo y la Comisión para fijar un objetivo global que dé coherencia a las múltiples decisiones adoptadas -más allá de sus intereses a corto plazo en el marco de cada frontera nacional y de su empeño ideológico en el ajuste por el ajuste, haciendo pagar a los trabajadores el coste del mismo- y, por otro, por los denodados esfuerzos del capital financiero radicado en Wall Street y la City por trasladar el foco de la crisis a la zona euro.

Ya es hora de plantear, por tanto, que la solución europea a la crisis no pasa por el paradigma neoliberal (constatado su evidente fracaso) defendido a capa y espada por la derecha europea hoy hegemónica, sino por poner en marcha políticas keynesianas de crecimiento y empleo financiadas no por mayor gasto público basado en la deuda (que se ha demostrado una trampa mortal), sino en mayores ingresos provenientes de la mejora de la imposición progresiva, en el nivel nacional y en el europeo, creando nuevos impuestos (como la tasa Tobin), haciendo que paguen más quienes más tienen, acabando con las deducciones y exenciones que privilegian las rentas del capital frente a las del trabajo y poniendo coto al fraude y los paraísos fiscales. Y ello requiere necesariamente un cambio de orientación en la mayoría política de la UE.

Hace falta una nueva mayoría política progresista, capaz de plantear el predominio de la inversión pública frente a la desregulación neoliberal -a la vista de que esta solo ahonda la crisis y el desempleo- y de culminar la unión política federal europea con un gobierno económico y social comunitario que responda a lo que somos: una economía social de mercado con un Estado de bienestar indiscutible, tanto por justo como por eficiente.

Una mayoría política de la izquierda europeísta que sustituya la carencia conservadora de horizonte para establecer uno viable y compartido por la ciudadanía: una unión económica que incluya un Tesoro comunitario, un Banco Central que mantenga la estabilidad de precios pero colabore al tiempo con la política económica de la Unión -como hace la Reserva Federal norteamericana-, eurobonos, mayor presupuesto (el 1 % de la Renta Bruta de la UE como tope máximo del mismo es una broma pesada), armonización fiscal, agencia independiente de calificación de deuda y una Europa social tan importante como el mercado único.

Alguien podría pensar que también en la izquierda hay contradicciones y que conformar la mayoría citada será complicado. ¡Desde luego! Pero mucho menos que antes de la crisis a la vista de la creciente coincidencia de propuestas entre partidos con cultura de gobierno como los socialdemócratas alemanes, los socialistas franceses y españoles o los laboristas ingleses. De hecho, si hay un partido europeo que desde 2008 está avanzando propuestas útiles y con horizonte que luego se han convertido en realidad o tienen visos de hacerlo a corto plazo, ese es el Partido Socialista Europeo: así ha sido en el caso de los mecanismos de estabilidad financiera, de la tasa Tobin o de los eurobonos, entre otros ejemplos.

El coste en tiempo, dinero y credibilidad es demasiado elevado como para seguir manteniendo un título ficticio en esta película y no modificar la mayoría que la interpreta en las instituciones europeas. Ya es hora.

sábado, 26 de junio de 2010

Del "protectorado" al NO a la tasa bancaria propuesta por la UE

Así que Don Mariano Rajoy pasa sin solución de continuidad del "protectorado" al NO a la tasa bancaria que propone el Consejo Europeo, con el acuerdo de todos sus socios en el Partido Popular Europeo, del que se ha desmarcado continuamente en los últimos tiempos, incluyendo el apoyo al Plan de Ajuste del Gobierno español explicitado por Merkel, Sarkozy, etc. Es interesante comprobar que solo un gobierno en la Unión se opuso a tal decisión, tal y como figura en las Conclusiones de la Cumbre del 17 de junio: el de Praga, conocido por su euroescepticismo. El Sr. Rajoy se está ganando a pulso ser calificado de euroescéptico. Lo mismo hasta le parece bien y todo. Pero el problema es que aspirar a presidir el Gobierno de nuestro país siendo un euroescéptico no es buena cosa para el país, desde luego.

jueves, 17 de junio de 2010

Banqueros o hienas: Vidal-Folch en El País

Como es habitual, Xavier Vidal-Folch vuelve a dar en el clavo con su artículo de hoy en El País: "Banqueros o hienas". Para mi está claro: hienas. No os lo perdáis.

miércoles, 9 de junio de 2010

El nuevo Show de Truman: mi artículo en Nueva Tribuna

Publico un artículo en Nueva Tribuna con el título "El nuevo Show de Truman", sobre especuladores y crisis:

El nuevo Show de Truman

Carlos Carnero

Supongamos que un/a ciudadano/a cualquiera tiene una deuda por gastos fijos de su casa similar a la de otros ciudadanos de su entorno social; que, además, los números rojos de su cuenta corriente no son en realidad alarmantes y, al igual que con el dato anterior, están en un nivel parecido al de los vecinos comparables en nivel de renta y gastos; que, finalmente, la suma de lo que deben todos los miembros de su familia tampoco es distinta a la de otras familias de su mismo ambiente.

Pero que alguien que no le quiere bien (porque se atrevió a invertir con éxito en lugares y asuntos que otros consideraban propios en exclusiva, por ejemplo) y, sobre todo, desea beneficiarse de la coyuntura, va propagando falsedades por la ciudad sobre él/ella, como que todas las variables citadas son enormes en comparación con los demás y que, aunque llegara a demostrarse que no es realmente así, puede asegurar que tal persona es poco de fiar porque su pareja no le quiere, sus hijos tampoco le aprecian y, de natural, le gusta derrochar. “Ya se sabe cómo son los/las de su tipo, ¿no?”.

El caso es sembrar la duda, la sospecha, para que el coste de los créditos que pide el ciudadano en cuestión (tomado como víctima propiciatoria) aumente –así podrán hacerse realidad las malas profecías-, los intereses a ganar por quien le preste crezcan e, incluso –pánico mediante-, se terminen contratando primas de seguros por si las moscas del impago, suscritas, eso sí, a buen precio.

Si el propagador de rumores obtiene suficiente audiencia, recibirá estupendos beneficios por ambas vías: los intereses y los seguros. De paso -¿por qué no?-, puede terminar consiguiendo que la moneda con la que vive y trabaja la comunidad de vecinos del afectado tenga tantos problemas que las monedas de otras comunidades de vecinos realmente en dificultades salgan bien libradas. Y, sobre todo, habrá alcanzado la meta de conseguir que la inestabilidad sea el magma en el que especular y especular, en un río sin fin de mentiras, rumores y lucro exagerado.

Pongan que ese ciudadano/a se llama España.

Los que nos atacan saben bien que este país no está para el arrastre, que su economía presenta problemas -¡cuál no!-, pero que no son insalvables, que tiene recursos para salir adelante y que, de hecho, comienzan a avizorarse datos esperanzadores en ese sentido. Pero han dictado sentencia: somos la pieza vulnerable a atacar. Y han creado para ello un nuevo “Show de Truman”, pero en forma de pesadilla.

Primero, porque su última mentira (cuando los datos ya no avalan las otras) es que somos un país mediterráneo de gente de poco fiar, terreno abonado por todo tipo de prensa salmón y amarilla; segundo, porque somos un país de gran tamaño, jugoso, en consecuencia, para hacer grandes beneficios, no migajas; tercero, porque representamos un alto porcentaje del PIB de la zona euro, de manera que, perjudicándonos, se puede hacer daño de verdad a la moneda única; cuarto, porque no perdonan que grandes empresas españolas se “atrevieran” a invertir con éxito en países vedados y terrenos considerados como coto privado durante años y años (Estados Unidos, Reino Unido, sector bancario, telecomunicaciones, grandes infraestructuras); quinto, porque les duele nuestro europeísmo, máxime cuando presidimos el Consejo de la Unión; quinto, porque saben que aquí no hay frente común, ni político ni mediático, frente a las dificultades o los mordiscos, y la responsabilidad es un valor a la baja (nunca mejor dicho).

No hay que ir muy lejos para verlo todos los días. La primera noticia de cada mañana es la situación de los mercados, la prima de riesgo de nuestra deuda, la fiebre bursátil. Aún sin querer, se alimenta la espiral de pánico que buscan quienes nos atacan para seguir enriqueciéndose.

¿Errores propios? Muchos. ¿Cosas que corregir aquí? Numerosas. ¿Críticas que hacernos a nosotros mismos? Las que hagan falta y más. ¿Decisiones que tomar? Bastantes, algunas en marcha, por cierto, legítimamente apoyadas o criticadas por muchos de buena de fe (de quienes lo hacen sin ella, para qué hablar).

Pero no seamos ilusos: la operación está ahí fuera a máxima velocidad. Y la protagonizan quienes pusieron en marcha la crisis del 2008 y, para salvarse, propiciaron la elevación de la deuda y el déficit y hoy reclaman su reducción acelerada para seguir haciendo beneficios, con una mano y con otra.

Hay cosas que debemos tener claras como el agua en estos momentos desconocidos históricamente para las generaciones vivas, que ninguno de nosotros ha experimentado antes y para los que no tenemos recuerdos que aplicar como experiencias (recordar a Hobsbawn aquí y ahora es esencial).

Una, que la economía real es más importante siempre que cualquier ingeniería financiera, porque el mercado más definitorio no es la bolsa de valores; dos, que solo la intervención del estado en la economía nos protege a todos de los errores e ineficiencias del mercado; tres, que cualquier paso dado en la coyuntura es temporal y no puede poner en cuestión los fundamentos del consenso social que representa el estado del bienestar; cuatro, que solo hay salida en el marco europeo y que el euro no es únicamente una garantía, sino un valladar principal frene al presente y el futuro; cinco, que es mejor no propagar rumores interesados; seis, que el rumor del día lo lanzan desde la City quienes no se esconden para machacarnos y hacerse más ricos todavía.

De esta saldremos más fuertes. Pero sobre todo lo haremos bien si, de una forma u otra, refundamos el capitalismo, como dijo…Sarkozy, ¡no Marx, malpensados!
Por mi parte, he decidido no actuar como bulto en su nuevo Show de Truman.

lunes, 22 de junio de 2009

Por el consenso europeo

A 15 días de las elecciones europeas -o sea, con cierta perspectiva- y tras el Consejo Europeo de Bruselas celebrado la semana pasada, publico hoy en Nueva Tribuna un artículo titulado "Por el consenso europeo" que reproduzco a continuación y espero que os parezca interesante:

POR EL CONSENSO EUROPEO

Tan enfrascados estamos todos en el “debate” político nacional que, una vez más, vamos a terminar desenfocando la reflexión sobre Europa, como era de temer.

De repente, las cuestiones fundamentales estriban en si la derecha o la izquierda europeas están en mayoría o minoría en las instituciones de la Unión o si Barroso va a ser o no Presidente de la Comisión Europea. Sinceramente, con ser temas importantes -faltaría más-, no son los esenciales.

Entre otras cosas, porque la construcción europea ha sido, es y seguirá siendo, afortunadamente, un proceso en el que la transversalidad y el acuerdo entre las grandes orientaciones ideológicas son imprescindibles.

Es lógico: la Constitución Española y la transición a la democracia en nuestro país –que considero un ejemplo de buen hacer colectivo frente a tanto revisionismo en boga- no hubieran sido posibles sin grandes consensos –palabra que ha desaparecido, lamentablemente, del vocabulario político cotidiano-.

Igualmente para la UE, que no es un edificio político terminado, sino en el que todavía faltan, incluso, buena parte de los cimientos, en el que no cabe imaginar que la línea divisoria fundamental se establezca entre derechas e izquierdas, porque, en realidad, la gran diferencia en Europa se sitúa entre europeístas y euroescépticos, como siempre.

¿Cómo hubieran podido salir adelante el Tratado de Roma, el Acta Única, Maastricht o la moneda única sin un acuerdo entre los conservadores y los socialdemócratas europeístas, desde De Gasperi a Kohl, desde Brandt a González? ¿Cómo hubiéramos podido redactar la Constitución Europea en la Convención de otra forma?

Ahora que enfrentamos una crisis económica sin precedentes, contamos con un nuevo socio internacional –Obama- con el que construir un nuevo orden político y se ha desbloqueado la entrada en vigor del Tratado de Lisboa, ¿vamos a empezar a pelearnos en términos ideológicos simplistas en la UE?

No, desde luego que no, pues es precisamente en estos momentos de desafío y oportunidad cuando se hace imprescindible reforzar el gran consenso europeo entre conservadores y socialistas para definir las grandes orientaciones colectivas. Otra cosa será, en aplicación de los mecanismos de toma decisiones de la Unión, la orientación que cada uno quiera dar a las competencias comunitarias de acuerdo con el respaldo ciudadano recibido democráticamente en las urnas.

El siguiente reto de los europeístas no está en si Barroso preside o no la Comisión Europea, una institución que por otra parte refleja una de las mejores características de la UE: su carácter colegiado, lejos de los personalismos y los nacionalismos.

El auténtico desafío europeo reside en aplicar al máximo el Tratado de Lisboa con la vista puesta en un nuevo e imprescindible desarrollo constitucional –no hay que asustarse de las palabras- que dote a la UE de un gobierno económico y social sin el que seguirá cojeando inevitablemente y permita por fin culminar la unión política.

Y eso habrá que conseguirlo entre todos. ¿O alguien piensa que el laborista Brown es menos reticente a ello por socialista que Merkel por conservadora? La demonización ideológica del contrario que tanto gusta en la política nacional es absurda, al menos, en términos europeos, y así lo han percibido los ciudadanos que han ido a votar entre el 4 y el 7 de junio pasados, dando una lección de serenidad y experiencia.

El país del trébol votará de nuevo en otoño con la seguridad, como dijo tras el Consejo Europeo que adoptó las garantías para Irlanda sobre la no aplicación del Tratado de Lisboa el Premier británico, de que se ha hecho explícito lo que ya está implícito en ese texto.

Deberíamos agradecerle a Gordon el favor, ya que ese es el problema: que el Tratado ni establece una fiscalidad común, ni un ejército europeo, ni un derecho civil compartido. Es más, hasta el acuerdo con Irlanda –Dublín bien vale una misa- se ha llevado por delante la creación de una Comisión Europea más efectiva por reducida, que a partir de ahora seguirá contando con un nacional de cada estado.

Termino con una idea, que seguro creará polémica racional y educada, tipo transición española y modelo comunitario: si los socialistas europeos se han equivocado en la pasada campaña ha sido en su empeño en tratar de diferenciarse de los conservadores en todo y en términos dramáticos como algo prioritario, en vez de reivindicar su papel central en esta Unión de todos –casi despreciándola por “neoliberal” en muchos discursos, alienándose del logro histórico de paz, libertad y progreso que representa- y en la necesidad de ser mayoría, por supuesto, pero no para el enfrentamiento, sino para liderar un consenso que culminara la unión política, económica y social para salir de la crisis y asegurar el estado del bienestar, que nadie cuestiona.

Estoy seguro de que la Presidencia Española de la UE será un éxito, en primer lugar, porque será capaz de fortalecer ese consenso europeísta en bien del proyecto que todos compartimos. Y eso incluye, por descontado, trabajar con Barroso, la Eurocámara Sarkozy, Merkel, Sócrates o Brown, entre otros, porque todos somos europeos y europeístas por encima de cualquier otra consideración. Así lo está haciendo el Gobierno con el asunto Presidencia de la Comisión y está bien hecho.

Carlos Carnero

lunes, 6 de abril de 2009

Obama, Turquía y la UE

Obama, como todos sus predecesores en la Casa Blanca, ha urgido a la UE ha aceptar en su seno a Turquía. Como español y como socialista estoy plenamente de acuerdo con que Ankara sea un día miembro pleno de la Unión, para lo que apoyo la continuidad de las actuales negociaciones de adhesión, de forma que, cuando Turquía cumpla los criterios de Copenhague -como se ha hecho con todos los países candidatos- pase a ser un miembro más de la Europa comunitaria. Algunos, como Sarkozy y Merkel, han recordado lo obvio, un tanto contrariados: que es la UE quien decide. Entonces, ¿por qué enfadarse con un propósito que el Presidente norteamericano tiene todo el derecho a exponer, si la decisión está y va a seguir estando aquí?

martes, 9 de diciembre de 2008

Cita a tres en Downing Street: ¿dónde está el quid de la cuestión?

La reunión celebrada ayer por el Presidente Nicolás Sarkozy, el Primer Ministro Gordon Brown y el Presidente de la Comisión Europa, José Manuel Durao Barroso, estuvo encaminada, según sus protagonistas, ha preparar el Consejo Europeo que tendrá lugar esta semana y respaldará, previsiblemente, el Plan anticrisis presentado hace dos semanas por el Ejecutivo comunitario.

Bien está, si no fuera por una cuestión que me parece relevante. Y tal cuestión no es en absoluto la que resaltan hoy los medios de comunicación, a saber, la ausencia de la Canciller alemana, Ángela Merkel, de la cita en Downing Street.

No. Mi preocupación va por otro lado: ¿desde cuándo un Consejo Europeo se prepara a tres sobre la base, evidente en la citada convocatoria, de que el Presidente del Consejo y el de la Comisión representan a una zona euro que pacta con el gran socio comunitario no miembro de la misma -el Reino Unido con su libra esterlina- lo que hay que hacer en el conjunto de la Unión?

Volvemos a lo que llevo repitiendo machaconamente. Esta reunión pone de manifiesto que a la UE le faltan los instrumentos constitucionales -proceso de toma de decisiones, competencias, presupuesto suficiente- par actuar como un gobierno económico y social.

La realidad es tozuda y va más allá del voluntarismo político.

Estaremos atentos al Consejo Europeo de los días 11 y 12 en Bruselas, que luego vendrá la presidencia checa.

jueves, 31 de enero de 2008

Un cuento familiar con Zapatero, Rajoy, Merkel, Aznar, Fini, Esperanza Aguirre y Ruiz-Gallardón

Fiesta en casa de unos familiares. Me invitan y voy, como es lógico. Abrazos, besos, palmadas en el hombro, preguntas de rigor y deseos bienintencionados -"¿qué tal el trabajo?", "sí, claro, me parece bien lo que piensas hacer", "espero de verdad que te vaya bien", "bueno, hasta luego"-. Vuelvo a casa. Oigo ruidos en la escalera y veo por la mirilla que uno de mis familiares entra en el domicilio del Presidente de la Comunidad a hablar de cosas serias. Me fastidia: casi no me hablo con ese señor y, aunque me gustaría sustituirle, no soy demasiado popular entre los vecinos. En fin, ¡qué le vamos a hacer! Mis minutos de gloria los he tenido hace un rato, pero por si acaso llamaré a los amigos para decirles que al Presidente no le aclamaron en mi fiesta familiar. ¿Que les parecerá lógico y normal? ¡Y qué más da, así me olvido del lío que tengo en casa entre el chico y la chica -que no se hablan-, de las denuncias que he perdido clamorosamente en los tribunales contra la igualdad entre vecinas y vecinos y el médico del barrio o de que en la fiestecita al más bravucón se le ocurrió proponer a mi primo hermano -que es un dolor, pero me dice lo que tengo que hacer y ni le rechisto, porque me da un poco de miedo- como jefe del clan! Claro que cuando los vecinos vean que sus asuntos los gestiona bien el Presidente de la Comunidad con algunos de mis familares, me va a durar poco la alegría... Poned vosotros mismos los nombres de Zapatero, Rajoy, Merkel, Aznar, Fini, Esperanza Aguirre y Ruiz-Gallardón en este cuento, que no es difícil. Y a otra cosa...