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sábado, 22 de septiembre de 2012

Independencia unilateral: imposible en la UE. Mi artículo en El País

Ahora que se habla de la independencia unilateral de Cataluña, publico un artículo en El País abordando el encaje constitucional que tendría en la UE una decisión así adoptada por cualquier región en un estado miembro. Mi respuesta: no tiene tal encaje. Así lo expongo en un artículo en El País que ha tenido un amplio seguimiento:

Independencia unilateral: imposible en la UE

Carlos Carnero González
Si una región de un país de la UE declarara unilateralmente su independencia, la Unión Europea no podría “reconocerla” ni considerarla como un nuevo Estado miembro sin aplicar el procedimiento de adhesión en vigor. Así ocurriría con cualquier secesión que tuviera lugar unilateralmente en no importa qué país de la UE. ¿Por qué? Porque así lo estipula el artículo 4.2 del Tratado de la Unión, directamente heredado de la Constitución Europea elaborada en la Convención.

Los convencionados europeos aprobamos incluir en la Constitución un artículo, el I-5, que decía: “La Unión respetará la igualdad de los Estados miembros ante los Tratados, así como su identidad nacional, inherente a las estructuras políticas y constitucionales de estos, también en lo referente a la autonomía local y regional. Respetará las funciones esenciales del Estado, especialmente las que tienen por objeto garantizar su integridad territorial, mantener el orden público y salvaguardar la seguridad nacional. En particular, la seguridad nacional seguirá siendo responsabilidad exclusiva de cada Estado miembro”. Así figura hoy en el Tratado de Lisboa. Solo la última frase del artículo fue incluida por la Conferencia Intergubernamental que lo adoptó.

En otras palabras, bastaría con que el Estado concernido comunicara a la UE que la decisión ha sido unilateral, es decir, que vulnera su identidad nacional y su ordenamiento constitucional y que, por lo tanto, no cuenta con su acuerdo, para que el “reconocimiento” de la misma no se produjera. De hecho, la Unión ni siquiera estaría en condiciones formales de plantearse abordar la cuestión, pues de hacerlo excedería sus competencias vulnerando el principio de atribución.

En cuanto al ingreso en la Unión, si la secesión fuera acordada podría —digo podría, muy en condicional— imaginarse una interpretación que evitara la aplicación del artículo 49 del Tratado de la UE (también heredado en buena medida de lo contemplado en la Constitución Europea). Aunque probablemente cualquier recurso ante el Tribunal de Justicia de la Unión tumbaría fácilmente esa vía rápida y obligaría a entablar un farragoso procedimiento de negociación para el ingreso.

Pero lo que sí es evidente es que, si la independencia hubiera sido unilateral, el nuevo Estado tendría que someterse a tal artículo, que requiere, para culminar la adhesión, la unanimidad de los Estados miembros, imposible de alcanzar pensando que, previsiblemente, el Estado miembro afectado votaría en contra.

Hasta aquí los temas constitucionales, lo que el “estado de derecho” europeo estipula y debe cumplirse. Cosa añadida serían las consecuencias prácticas inmediatas para quien declarase unilateralmente su independencia al verse automáticamente fuera de la UE: salida de la unión aduanera, del mercado único, del euro.

En fin, una catástrofe para la región que actuara unilateralmente, para el Estado al que perteneciese y para la UE, que se vería confrontada con un proceso exactamente contrario al que su propia existencia significa: superar fronteras en vez de crearlas.

Carlos Carnero fue miembro de la Convención Europea.


lunes, 9 de mayo de 2011

Rubalcaba y Jáuregui nos entregan la Medalla de la Orden del Mérito Constitucional en el Día de Europa





Hoy, Día de Europa, el Vicepresidente Primero del Gobierno, Alfredo Pérez Rubalcaba, y el Ministro de la Presidencia, Ramón Jaúregui, nos han entregado, en un acto lleno de europeísmo y excelente clima celebrado en el Palacio de la Moncloa, la Medalla de la Orden del Mérito Constitucional concedida por el Gobierno a los españoles que formamos parte de la Convención que elaboró la Constitución Europea y de la Conferencia Intergubernamental que adoptó el Tratado de Lisboa. Aquí tenéis algunas fotos.

sábado, 7 de mayo de 2011

El Gobierno me concede la Medalla de la Orden del Mérito Constitucional

A propuesta del Ministro de la Presidencia, el Consejo de Ministros celebrado el 6 de mayo ha decidido otorgar la Medalla de la Orden del Mérito Constitucional a los españoles que fueron miembros de la Convención que redactó la Constitución Europea y de la Conferencia Intergubernamental que aprobó el Tratado de Lisboa, entre los que me encuentro. Agradezco profundamente la condecoración al Gobierno y la hago extensiva a toda la sociedad civil que trabajó con ahínco para que la UE avanzara decididamente hacia la Unión Política en un esfuerzo constituyente que ha terminado entrando en vigor con el Tratado de Lisboa.

martes, 14 de diciembre de 2010

"Una nueva frontera para Europa": mi artículo hoy en El País

Que tenéis en el enlace e íntegro a continuación. Espero que os interese y empujemos en la misma dirección:

Una nueva frontera para Europa
CARLOS CARNERO
14/12/2010

El último año ha bastado para demostrar dos cosas: que sin la Unión Europea hubiera sido imposible evitar la catástrofe económica que se nos venía encima con la crisis generada en los Estados Unidos del presidente Bush y que la historia de la Europa unida no se acaba con el Tratado de Lisboa.

Por eso es tan llamativo que cueste reconocer explícitamente que, a diferencia de 1929, la crisis ha podido ser gobernada evitando el derrumbe porque Europa es un mercado único y una unión monetaria con la que hemos eludido los grandes errores de hace ochenta años: el proteccionismo, la devaluación competitiva y la carencia de intervención pública en la economía.

No ha sido la ciencia infusa la que nos ha llevado a no tropezar en las mismas piedras, sino la lección duramente aprendida el siglo pasado. Pero ni el mercado único ni el euro se han creado en un año, con la crisis. Existían desde hace décadas y no fueron ideados por capricho, sino para ser garantía del crecimiento en épocas de bonanza y seguro contra la recesión en tiempos de dificultades. Lo primero ya se había verificado a lo largo de décadas de aumento de la calidad de vida de la ciudadanía. Lo segundo acaba de comprobarse.

La UE, por tanto, se muestra hoy como un ejercicio de planificación democrática de la economía a gran escala que cada día rinde más y mejores resultados. Cuando salgamos de la crisis -que saldremos- será gracias a la existencia de la Europa unida y a su reforzamiento, que nadie se engañe.

Reforzamiento materializado con el Tratado de Lisboa, nacido en medio de la tormenta. Esa Constitución innominada -proveniente de la que elaboramos en la Convención de 2002-2003- ha significado un impulso político con el que la Unión ha adoptado decisiones inimaginables hace solo un año, utilizando sus nuevas figuras institucionales para perfilar grandes acuerdos a tiempo y dando -que buena falta hacía- un fuerte empuje a la democracia europea. Pero necesitamos mucho más, en cantidad y en calidad.

Lo primero, convertirnos en una auténtica unión económica con un presupuesto suficiente basado en recursos obtenidos de forma directa y de carácter progresivo: contar con un Tesoro público europeo. Lo segundo, ser una zona fiscalmente armonizada. Lo tercero: mecanismos para decidir una verdadera política económica común, hacia dentro y hacia fuera (globalización). Lo cuarto: poner al mismo nivel formal y real las normas del mercado único y las de una Europa social que eleve al ámbito de la Unión el Estado de bienestar que comparten los Estados miembros.

Sobre esa base, reformar el Tratado de Lisboa para institu

-cionalizar un mecanismo europeo de gestión de crisis es correcto, pero no puede quedarse en una medida aislada. El Consejo Europeo tendrá en su momento que ir sustancialmente más allá. Y terminará haciéndolo más tarde o más temprano. ¿Por qué?

Porque el enorme desarrollo de las fuerzas productivas europeas -sin parangón en el mundo más que en Estados Unidos, ya que la acumulación de capital material y humano no emerge en unos pocos años, sino que requiere décadas o incluso siglos- demanda tal avance cualitativo en las estructuras de la Unión. De lo contrario, estas se convertirán en un freno para aquellas, con consecuencias nefastas.

Y es en ese punto en el que la socialdemocracia europea es interpelada por la positiva realidad que ha contribuido a construir en beneficio del conjunto de la ciudadanía: ¿asume el reto de proponer y encabezar una nueva fase en la construcción europea, cuando la crisis económica le da todos los argumentos para hacerlo? Veamos.

Primer argumento. Una vez más, el mercado ha demostrado no solo ser injusto, sino ineficaz para atribuir recursos y reducir la incertidumbre. Son las políticas neoliberales las que han fracasado, no las públicas.

Segundo. De nuevo es imprescindible incrementar la intervención del Estado en la economía para evitar los errores del mercado y maximizar en términos de crecimiento, bienestar e igualdad los avances de la ciencia y la técnica.

Tercero. Salvar esta crisis con dinero del contribuyente debe tener consecuencias permanentes de regulación económica, haciendo imposible que el mercado neoliberal y quienes han creado la crisis y siguen enriqueciéndose con ella a través de la especulación vuelvan a las andadas.

Cuarto. Si la Unión ha sido, en tanto que planificación democrática de la economía, nuestro principal escudo frente al abismo, lo mejor será fortalecerlo al máximo.

Quinto. No todos los planes de ajuste frente a esta crisis son iguales; por ejemplo, el de España no cuestiona los fundamentos del Estado de bienestar, mientras que los de otros países, con Gobiernos de derechas, atacan directamente su núcleo.

Sexto. No todas las fuerzas políticas están en condiciones de apostar por una unión económica europea que eleve a categoría comunitaria la hegemonía de lo público y el propio Estado de bienestar; los socialdemócratas pueden hacerlo, mientras que los conservadores no querrán traspasar por principio el límite de ir más allá para no transfigurar el mercado liberal y perjudicar a quienes sacan el mayor beneficio de su existencia desregulada.

La verdad es que el Partido Socialista Europeo está dando ya pasos en ese sentido. Fue el primero, por ejemplo, en demandar (cuando pocos secundaban tales ideas) una regulación financiera que pusiera coto a los desmanes de los especuladores y en promover la creación de lo que luego ha tomado cuerpo como Mecanismo Europeo de Estabilidad Financiera. Y ahora está a la cabeza de conseguir la creación y emisión de eurobonos como instrumento esencial para acabar con los ataques de los mercados financieros contra los estados de la eurozona, que tienen como propósito de fondo comprometer el futuro de la misma, a pesar de la fortaleza y salud que presenta en comparación con las debilidades estructurales de otras economías desarrolladas, como la norteamericana o la británica.

Sí, urge volver a ilusionar a la ciudadanía con el proyecto de construcción europea, demostrando su utilidad para que podamos seguir viviendo en el espacio más libre y próspero del planeta y haciendo visible su capacidad de futuro. La UE no puede ser vista en exclusiva como quien exige sacrificios sino, ante todo, como quien facilita mantener y aumentar la prosperidad colectiva. Y para ello hay que adoptar decisiones tan sensatas como valientes.

En fin, cuando ya hemos celebrado el primer año de Lisboa, la socialdemocracia debería proponer a la ciudadanía una nueva frontera para el proyecto europeo que, desarrollando lo conseguido, nos llevara a una unión política federal y concitara la ilusión y el voto de los trabajadores de toda clase.

Europa y el mundo lo necesitan. Y es posible y necesario.

Carlos Carnero es embajador en Misión Especial para Proyectos en el Marco de la Integración Europea.

martes, 1 de junio de 2010

Nosotros, ciudadanos de Europa: mi artículo en Foreign Policy - Edición española


Publico un artículo titulado "Nosotros, ciudadanos de Europa" en el número de Foreign Policy - Edición española que ha llegao hoy 1 de junio a los quioscos. Aquí lo tenéis:

NOSOTROS, CIUDADANOS DE EUROPA

Carlos Carnero

“La presente Constitución, que nace de la voluntad de los ciudadanos y de los Estados de Europa de construir un futuro común, crea la Unión Europea…”

No se froten los ojos: la frase no es el comienzo de un cuento de hadas, sino el Artículo 1 de la Constitución elaborada por la Convención y que, salvo esa disposición y los símbolos comunitarios, ha entrado en vigor transmutada en Tratado de Lisboa.

Lleva usted razón, es una pena que la referencia explícita a los ciudadanos como fuente de legitimidad de la Unión al mismo nivel que los Estados desapareciese del Tratado, pero quizás lo más importante es preguntarse si los hombres y las mujeres de Europa siguen poblando su nueva norma constitucional (con minúsculas).

Es decir, si las instituciones y las políticas comunitarias están cada vez más sometidas a la voluntad de la ciudadanía europea y al servicio de sus intereses o, por el contrario, como afirmaba un tal John Whitehouse en un apocalíptico artículo titulado “La monstruosa Unión Europea” y publicado nada menos que en el periódico ruso Pravda (aunque cosas similares también salen en el Financial Times), responden a los oscuros intereses de unos burócratas.

Seguro que nos queda camino por recorrer, pero de momento la ciudadanía europea pueda verse plenamente representada en una democracia supranacional que ha adquirido con Lisboa las dos características básicas del sistema en términos de Estado: la proclamación de derechos y la separación de poderes.

Ya contamos con una Carta de Derechos Fundamentales de la UE jurídicamente vinculante y, por cierto, bastante más avanzada que las que están en vigor en casi todos los Estados miembros de la Unión, aunque solo sea por haberse adoptado en una coyuntura en la que la igualdad mujer-hombre, la independencia de las personas mayores, la lucha contra el cambio climático o la protección de datos personales frente al desarrollo de las tecnologías de la información y la comunicación se han convertido en temas esenciales.

Y hoy, la Eurocámara y el Consejo forman casi al 100 % un parlamento bicameral que adopta de común acuerdo leyes y presupuestos y está sometido a la jurisdicción constitucional del Tribunal de Justicia de Luxemburgo.

Derechos –anclados, por cierto, en valores– que los objetivos declarados de la Unión tratan de hacer efectivos a través de las políticas atribuidas a la misma (más numerosas con Lisboa) y cuya orientación se decide, al fin y al cabo, en las urnas que, en el nivel de la UE o en el nacional, forman mayorías en el Parlamento Europeo y en el Consejo.

Hay quien afirma que, sin embargo, sigue faltando un pueblo europeo. No estoy de acuerdo, porque considero que existe por definición, aunque muchos no sepan definirlo: compartir una historia, sentir valores comunes y ser sujeto y objeto de decisiones en cuya generación participamos como tal es mucho.

Aunque seguramente lo que falta es que sea muchísimo. ¿Cómo alcanzar ese superlativo? No le demos vueltas, está inventado: promoviendo la toma de conciencia colectiva de que formamos una ciudadanía europea y no solo facilitando, sino provocando, desde toda instancia pública y privada, su ejercicio cotidiano.

A ello nos ayuda Lisboa: ahí está la democracia participativa que diseña junto a la representativa –insustituible y central, desde luego-, que pone en valor a una sociedad civil europea que, por cierto, acaba de reunirse masivamente en las Jornadas Cívicas de Málaga (http://www.jornadascivicaseuropeas2010.com/) haciendo oír su voz; o también la Iniciativa Ciudadana Europea, que permitirá que un millón de ciudadanos de diversos países insten a la Comisión a presentar una propuesta legislativa.

Pero todavía más nos ayudarán otras tres medidas: que la UE responda a las necesidades ciudadanas en tiempo real, que se promueva un debate transnacional y diario desde los medios de comunicación hasta los ayuntamientos y que la enseñanza de Europa y de la Unión (que es lo mismo y no lo es) esté en todos y cada uno de los planes de estudio de enseñanza primaria, secundaria y superior.

Por ejemplo, llevamos meses viendo cómo la eurozona ha sido zarandeada por los especuladores financieros, hasta que hemos actuado con la fuerza que nos da la Unión, poniendo en pie nuevos mecanismos de gobierno económico que deberán tener su continuidad en el futuro inmediato. Buen motivo para mostrar a la ciudadanía la utilidad de la UE.

En otros campos también habrá que seguir caminando para incitar a la conciencia y práctica de la ciudadanía europea. Personalmente, creo que las listas transnacionales a la Eurocámara o la figura del referéndum europeo deberán aparecer en escena más pronto que tarde.

A crear ciudadanía europea se ha aplicado la Presidencia española de la UE. ¿Cómo? Con decisiones de igualdad y libertad (Observatorio de la violencia de género, Orden de Protección de sus víctimas o Estrategia de Seguridad Interior); con propuestas sociales (Estrategia de Crecimiento y Empleo 2020); y con pasos de participación (empuje a un Reglamento flexible y garantista de la Iniciativa Ciudadana Europea, apoyo a las Jornadas Cívicas, Hablamos de Europa) e identidad (conmemoración del Día de Europa, el 9 de mayo).

Y parece que cosas se han conseguido, aunque quede mucho por hacer hasta afirmar en una futura Constitución aquello de “Nosotras y nosotros, ciudadanía de Europa…”

sábado, 27 de junio de 2009

Construir Europa requiere saber de dónde venimos

Siempre hay que evitar que los árboles no te dejen ver el bosque, sin duda.

Por eso, cuando uno sigue inmerso todos los días en la "gestión" de los asuntos europeos, es imprescindible tratar de mirar con perspectiva, sabiendo hacia donde queremos ir, es decir, actuar con criterio político.

Para conseguirlo, es imprescindible conocer en profundidad de donde venimos.

De lo contrario, la construcción europea se convierte en una edificación conceptual abstracta, casi de diseño, que trata de huir -aunque, obviamente, no pueda- de sus propios orígenes, de los que es tributaria en buena medida.

El obligado cambio biológico de generaciones o la invención voluntarista de conceptos -modernidad o post-modernidad, por ejemplo- no pueden ser un conjuro para huir de nuestro pasado, entre otras cosas porque lo necesitamos.

La tecnocracia nunca podrá superar a la historia por mucho que se lo proponga.

De ahí que cada vez que me reúno para hablar de Europa -desde lo pequeño hasta lo grande- vienen a mi mente los trazos de los años en las cuestiones que abordamos.

Precisamente por esa razón estoy disfrutando produndamente con la lectura del que fue Libro Europeo del Año 2008, a cuya ceremonia de proclamación tuve la oportunidad de asistir en Bruselas: "Post-guerra. Una historia de Europa desde 1945", del británico Tony Judt (publicado en España por Taurus).

Recorrer las páginas del libro hasta 2005 es un auténtico placer intelectual, acrecentado por su fácil lectura: no hay mejor novela que la propia realidad, desde luego.

En ellas están la desnazificación, el Plan Marshall, el nacimiento de las Comunidades Europeas o Suez; Churchill, De Gaulle o Adenauer; el baby boom, el crecimiento económico o la "crisis del petróleo"; Mayo del 68, la Primavera de Praga o la caída de las dictaduras en Portugal, Grecia y España; o la Convención que redactó la Constitución Europea (¡vaya, he entrado en la historia!).

Os lo recomiendo: estoy seguro de que, como yo, acabaréis devorándolo.

jueves, 7 de mayo de 2009

Me despido del Pleno del Parlamento Europeo: espero haberos representado dignamente

Ayer fue un día especialmente intenso. Primero, porque el Senado checo -aún con muchos de sus miembros arrastrando los pies y amenzando con un recurso al Tribunal Constitucional- ratificó el Tratado de Lisboa. Una buena noticia que ayudará a culminar un proceso que comenzó el 28 de febrero de 2002 en la Convención que elaboró la Constitución Europea. Ahora falta que, en su día, Irlanda vote de nuevo y, esta vez, afirmativamente un texto fundamental que la UE necesita para ser más democrática y eficaz en un mundo en crisis. Segundo, porque por la noche el Pleno del Parlamento Europeo debatió un conjunto de informes sobre el Tratado de Lisboa que son, por así decirlo, el legado de la Comisión de Asuntos Constitucionales a la próxima Eurocámara. Tomé en ese debate la palabra por última vez en el pleno del Parlamento Europeo, porque, como sabéis, no soy candidato a las próximas elecciones. Lo hice son serena emoción, agradeciendo la colaboración de todos, pidiendo perdón por los errores cometidos, esperando haber representado a los ciudadanos de mi nación y al resto de los de la Unión con dignidad y afirmando que, si el Tratado de Lisboa -heredero directo de la Constitución- entra por fin en vigor habrá merecido todo el esfuerzo desplegado por este diputado, a lo largo de 15 años, en la institución. Otros colegas que fueron miembros, como yo, de la Convención, se despidieron también ayer del Parlamento durante el debate: la alemana Kaufmann, el francés Lamassoure, el asutríaco Voggenhubber, junto con otros colegas de la Comisión Constitucional, como la portuguesa Esteves. El Presidente de la sesión, mi buen amigo Miguel Ángel Martínez, tuvo palabras cálidas para mi, como el Presidente de la Comisión Constiticional, Leinen. Fue una noche bonita, qué duda cabe. El cielo estaba despejado en Estrasburgo, anunciando un mañana soleada, como así ha sido. Otros días vendrán.

lunes, 27 de abril de 2009

Una nueva Convención para un gobierno económico y social

Desde el propio título, provocativo y sugerente artículo el de José Ignacio Torreblanca hoy en El País (que está dando un verdadero ejemplo de periódico comprometido con el debate europeo)

Como tantas veces nos ha tocado explicar en los últimos tiempos, el TJCE falla en un sentido determinado porque interpreta la ley en vigor, y en el caso de la UE el desarrollo del mercado único no ha ido en paralelo a la Europa social. De forma que ante las sentencias que citas, la cuestión no es -como han hecho algunos- culpar al TJCE de derechista o neoliberal, sino aprobar leyes que acaben con el desequilibrio normativo existente.

Bueno, eso ya será tarea del próximo Parlamento Europeo...

Veremos si lo consigue porque, aún con el Tratado de Lisboa en vigor, la UE carecerá de competencias en gobierno económico y social que lo permitan en profundidad o casi hasta en superficialidad.

Conseguirlo nos quedó pendiente en la Convención que redactó la Constitución Europea.

Lo mejor sería convocar otra para reformar el Tratado de Lisboa, pero algunos nos llamarían pesados, ¿verdad?, cuando sería lo más realista y pragmático del mundo.

De lo contrario, ante esta u otras crisis, cada europeo irá por su lado, en el G-20 o en casa.

jueves, 2 de abril de 2009

... Pero la imagen de la UE como tal Unión en Londres está hecha fosfatina

El único problema es que la presencia de la UE como tal Unión (sic) en la Cumbre de Londres está hecha, sencillamente, fosfatina. ¿Razones? La ausencia de mecanismos constitucionales que permitan expresar con una sola voz las importantes decisiones adoptadas por el Consejo Europeo en el último semestre frente a la crisis. El Tratado de Lisboa, hijo pequeño de la Constitución que elaboramos en la Convención, es más necesario que nunca.

domingo, 14 de diciembre de 2008

Desafiando a los presagios o las siete vidas de la Constitución Europea

Los resultados de la última reunión del Consejo Europeo han sido positivos en todos los temas. Particularmente, en elo relativo a consguir la entrada en vigor del Tratado de Lisboa, que no es otra cosa que la Constitución Europea que elaboramos en la Convención. Así que parece que la primera Carta Magna de la Unión tiene siete vidas. A eso dedico el artículo que acabo de publicar en Nueva Tribuna y que reproduzco a continuación:

"Desafiando a los presagios
Si algo pone de manifiesto la crisis económica es la imperiosa necesidad de contar –como facilita la Constitución– con una UE más democrática y eficaz, con más competencias y más ágiles procesos de toma de decisiones.
Uno empieza a tener la impresión –para bien, por supuesto- de que la Constitución Europea tiene siete vidas, como de nuevo ha quedado demostrado en el Consejo Europeo celebrado en Bruselas.La primera prueba de fuego de esa Carta Magna europea tuvo lugar en 2005, cuando dos países la rechazaron en referéndum (al tiempo que otros dos –conviene no olvidarlo-, empezando por España, la apoyaban por igual procedimiento): Francia y Holanda.Entonces se alzaron voces apresuradas desde los cuatro puntos cardinales anunciando su fallecimiento. Algunos –empezando por los constituyentes que la redactamos en la Convención, como el hoy Secretario de Estado para la UE Diego López Garrido, el recién nombrado Presidente del Instituto Europeo de Florencia a partir de enero de 2010 Josep Borrell y el que suscribe- nos negamos a aceptar tan temprana acta de defunción y empujamos para que se encontrara una salida que permitiera su entrada en vigor más pronto que tarde.Llegó así, en diciembre de 2007, el Tratado de Lisboa, fiel reflejo de la Constitución en sus contenidos fundamentales, más allá de algunas ausencias importantes pero no decisivas.Sabíamos, sin embargo, que la ruleta rusa de la ratificación nacional de los tratados de la Unión –yo sigo pidiendo un referéndum europeo para el futuro- podría darnos de nuevo algún susto, como así fue con la consulta celebrada en Irlanda el pasado mes de junio. Referéndum curioso, por cierto, en el que, por ejemplo, la variopinta –y en algún caso sonado, opacamente financiada- coalición del NO llegó a poner en circulación un argumento tan falaz como que el Tratado imponía el reclutamiento militar obligatorio, a sabiendas de que tal mentira, en ausencia de una lectura del texto por todos los votantes y de una campaña algo más que débil a favor del SÍ, podría despertar en la ciudadanía los peores recuerdos de la lucha por la independencia del Reino Unido.Otra vez los sepultureros vocacionales levantaron certificado del pase a mejor vida de la Constitución transmutada en Tratado sin darse cuenta de que la realidad y, sobre todo, la necesidad, es extraordinariamente tozuda.Sí, porque si algo pone de manifiesto la crisis económica es la imperiosa necesidad de contar –como facilita la Constitución- con una UE más democrática y eficaz, con más competencias y más ágiles procesos de toma de decisiones, capaz de ser un socio fuerte que genere cuantas sinergias sean posibles con la nueva administración estadounidense de Barack Obama.La Cumbre de Bruselas –que culmina un excelente semestre francés al frente de la UE- lo ha entendido así y buscado una salida que, desde mi punto de vista, permitirá que Irlanda vote en segunda convocatoria el Tratado de Lisboa y esta vez con un resultado afirmativo, como auguran las encuestas publicadas por los medios de ese país, como el Irish Times. Ello implicará que la Constitución Europea –en su nueva forma, eso es lo de menos- entre en vigor en 2010, precisamente cuando España asumirá la presidencia de la Unión durante un semestre que se avecina decisivo, empezando por la celebración de la primera Cumbre UE-Estados Unidos con el nuevo inquilino de la Casa Blanca en pleno ejercicio.El acuerdo alcanzado por el Consejo Europeo permitirá además que el Parlamento Europeo elegido en junio de 2009 modifique su composición en 2010 con la adición de nuevos escaños para 12 países, garantizándose el cumplimiento del principio de proporcionalidad que lo conforma y evitando que España –gracias a las gloriosas decisiones de Aznar en diciembre del año 2000- vea mermado incomprensible e injustamente el número de sus escaños.Una vez más, el papel jugado por España en pro de la Constitución Europea ha sido esencial: en 2004 Zapatero desbloqueó el veto impuesto a la misma por el actual Presidente de FAES, en 2005 nuestro referéndum fue el ancla que impidió el hundimiento de la Carta Magna tras en descalabro de la consulta francesa, en 2007 estuvimos en primera línea de la redacción del Tratado de Lisboa y, ahora, con excelentes resultados, de su reflote.Lo que me lleva a pensar, repito, que esta Constitución, cuando alguien la echa por la puerta, la realidad la mete por la ventana. Y creo que esta vez será la definitiva para que se quede en casa.En realidad, parece como si la primera Carta Magna de la UE estuviera destinada a gritar con la fuerza de Hamlet ese “desafío a los presagios” que suena estos días navideños en un excelente montaje en el Teatro María Guerrero de Madrid.

Carlos Carnero,
Vicepresidente del Partido Socialista Europeo"

sábado, 14 de junio de 2008

Irlanda vota NO al Tratado de Lisboa: ha llegado la hora de la verdad para Europa

Irlanda ha votado NO al Tratado de Lisboa. Ha llegado la hora de la verdad para Europa. Así lo digo en el artículo que hoy publico en El País sobre este tema y que reproduzco a continuación:

La hora de la verdad para Europa
CARLOS CARNERO (Vicepresidente del Partido Socialista Europeo, fue miembro de la Convención Europea)
Termino la conversación con el eurodiputado laborista irlandés Proinsias de Rossa -con el que trabajé codo a codo en la convención que elaboró la Constitución Europea- y cuelgo el teléfono sabiendo que el no ha ganado en el referéndum sobre el Tratado de Lisboa celebrado en su país. Retorno a mayo de 2005, cuando recibí en Beirut la noticia del no francés. Pero ahora la situación es más difícil.
Tras el rechazo irlandés, la UE debe asumir que no todos vayamos a la misma velocidad y altura
La razón es sencilla: entonces era posible imaginar un plan b para recuperar los principales contenidos de la Constitución Europea, de forma que el escollo de París -y luego también de La Haya- pudiera solventarse presentando un texto pasado por las manos del Gatopardo. Así lo hicimos... y lo hicimos bien: el Tratado de Lisboa. Ahora, sin embargo, ya hemos gastado ese cartucho.
Me temo, además, que ni el Gobierno ni la oposición de Dublín van a presentar a los socios comunitarios una propuesta de cambios en el Tratado de Lisboa que abra la puerta a un segundo referéndum, como ocurrió con Niza. Primero, porque hasta el electorado que esta vez ha votado sí podría entrar en rebelión democrática; segundo, porque el no ha ganado por oposición a asuntos tan centrales del Tratado (como la toma de decisiones por mayoría) que retirarlos lo mataría, por temas que no están en ese texto o por oposición a la existencia misma de la UE.
Así que imagino que Irlanda va a decir algo tan sencillo como que el nuevo Tratado debe entrar en vigor por unanimidad y que no piensa convocar una segunda consulta por mucho que se le maquille, lo que por otra parte implicaría reiniciar su proceso de ratificación en todos aquellos Estados que lo han terminado ya (17).
Por eso creo que ha llegado el momento de la verdad en la construcción europea. De tirar la toalla nada, de poner las cosas en su sitio, todo.
Lo primero a hacer es proseguir el proceso de ratificación del Tratado de Lisboa, porque todos los Estados miembros tienen el derecho y el deber de pronunciarse sobre el mismo. Una vez sepamos el número de Estados que lo suscriben, habrá que afrontar la gran decisión: el Tratado de Lisboa no entrará en vigor a 27, pero nada impide que aquellos que quieran establecerlo como acuerdo vinculante lo hagan a 26, 25 o 24. ¿Qué hacer, pues, con el Tratado ahora vigente y con los países incapaces de seguir la marcha? Dejar las normas actuales en funcionamiento para todos, paralelamente a la aplicación de las nuevas para casi todos, u ofrecer a los rezagados la negociación de un acuerdo multilateral con los que sí han decidido seguir hacia adelante. En los borradores de la Constitución Europea ya preveíamos un escenario como éste: ni jurídica ni políticamente es imposible y, racionalmente, es el más deseable.
De esa manera, no perderíamos todo lo ganado hasta la fecha tras más de cincuenta años de construcción europea, nadie quedaría aislado y, sobre todo, la UE no empezaría a oxidarse en un mundo que exige que los valores, los objetivos, los derechos, las políticas y las instituciones que contiene el Tratado de Lisboa, por herencia de la Constitución Europea, se apliquen en el día a día.
Sea como sea, el Consejo Europeo tiene que abrir el debate y los países pronunciarse con claridad. Podemos y debemos estar juntos sin desperdiciar nada de lo conseguido. Pero no es obligatorio que todos vayamos a la misma velocidad o a igual altitud en todo momento. Por interés y por principio democrático, ¿cómo aceptar con resignación que un puñado de votos pueda parar lo que casi 500 millones de ciudadanas y ciudadanos han decidido poner en marcha?
Si los países que han ratificado o van a ratificar el Tratado de Lisboa (como España, que se apresta a hacerlo en las próximas semanas) tienen ese coraje y actúan con inteligencia en esa dirección, no sólo solventaremos el escollo de Irlanda, sino que habremos dado un auténtico paso de gigante para culminar la unión política europea. Algo que podrían sancionar en las urnas las elecciones a la Eurocámara de junio de 2009.
Una cosa más: el pleno respeto por la decisión del electorado irlandés debe incluir también el pleno respeto por la figura del referéndum. Por favor, no disparemos sobre el pianista. El problema no es convocar una consulta popular (en España la ganamos holgadamente en febrero de 2005), sino que reside en otras cosas: la ausencia de información, la carencia de combatividad política de los europeístas y, ante todo, la ruleta rusa de un procedimiento asimétrico en la forma y en el tiempo regido por la unanimidad.
Por eso, lo mismo que propusimos en su día muchos miembros de la Convención, hace falta instituir la figura del referéndum europeo para que todo el cuerpo electoral vote el mismo día sobre el mismo tema, llegándose a un resultado de doble mayoría de papeletas y países.
No es el momento de tirar la toalla, sino de ser europeos valientes. Como constituyente europeo, creo que ya toca.