sábado, 27 de junio de 2009

Me parece bien el nuevo nombre del Grupo Socialista en el Parlamento Europeo

Encuentro a algunos amigos socialistas molestos por el nuevo nombre del Grupo en el Parlamento Europeo, institución en la que he representado a los ciudadanos durante 15años.

No tengo la misma sensación que ellos, sino más bien la contraria.

El Grupo Socialista ha pasado a denominarse en esta legislatura Alianza Progresista de los Socialistas y Demócratas en el Parlamento Europeo.

Reconozco que es una denominación larga y un tanto compleja.

¡Pero lo bueno de la política de izquierdas en la complejidad, no el simplismo! ¡Lo interesante de la política de izquierdas es la pluralidad, no el monolitismo! ¡Lo productivo en la política de izquierda es la capacidad de alianzas, no el hermetismo! ¡Lo creativo de un partido de izquierda es su capacidad de creación, no lo trillado!

Este nuevo grupo será el segundo de la Cámara y acogerá en su seno a socialistas y a demócratas italianos que no son ideológicamente de izquierdas, pero que sí comparten con aquellos una identificación de valores y principios progresistas.

Está bien que sea así. Es más, ojalá en el futuro continúe profundizándose esa línea de apertura, de forma que otras corrientes europeístas de perfil progresista entren el el Grupo y vayan fortaleciéndolo y transformándolo.

Para quienes venimos de una experiencia que se basaba en la capacidad de alianzas -el eurocomunismo-, construimos una coalición en 1999 -¡anda, estamos en el X aniversario!- con los socialistas españoles que se denominó PSOE-Progresistas y, finalmente, ingresamos en el PSOE a través de su acuerdo con Nueva Izquierda, es fácil de entender y compartir lo decidido por el socialismo europeo.

En todo caso, reconozco sentirme desde hace tiempo italiano en la forma de entender la política: Berlinguer sigue tan presente en mi análisis como decidido es mi apoyo al Partido Democrático -la única alternativa válida al PL de Berlusconi y Fini-, con el que hice campaña en las pasadas elecciones europeas.

Construir Europa requiere saber de dónde venimos

Siempre hay que evitar que los árboles no te dejen ver el bosque, sin duda.

Por eso, cuando uno sigue inmerso todos los días en la "gestión" de los asuntos europeos, es imprescindible tratar de mirar con perspectiva, sabiendo hacia donde queremos ir, es decir, actuar con criterio político.

Para conseguirlo, es imprescindible conocer en profundidad de donde venimos.

De lo contrario, la construcción europea se convierte en una edificación conceptual abstracta, casi de diseño, que trata de huir -aunque, obviamente, no pueda- de sus propios orígenes, de los que es tributaria en buena medida.

El obligado cambio biológico de generaciones o la invención voluntarista de conceptos -modernidad o post-modernidad, por ejemplo- no pueden ser un conjuro para huir de nuestro pasado, entre otras cosas porque lo necesitamos.

La tecnocracia nunca podrá superar a la historia por mucho que se lo proponga.

De ahí que cada vez que me reúno para hablar de Europa -desde lo pequeño hasta lo grande- vienen a mi mente los trazos de los años en las cuestiones que abordamos.

Precisamente por esa razón estoy disfrutando produndamente con la lectura del que fue Libro Europeo del Año 2008, a cuya ceremonia de proclamación tuve la oportunidad de asistir en Bruselas: "Post-guerra. Una historia de Europa desde 1945", del británico Tony Judt (publicado en España por Taurus).

Recorrer las páginas del libro hasta 2005 es un auténtico placer intelectual, acrecentado por su fácil lectura: no hay mejor novela que la propia realidad, desde luego.

En ellas están la desnazificación, el Plan Marshall, el nacimiento de las Comunidades Europeas o Suez; Churchill, De Gaulle o Adenauer; el baby boom, el crecimiento económico o la "crisis del petróleo"; Mayo del 68, la Primavera de Praga o la caída de las dictaduras en Portugal, Grecia y España; o la Convención que redactó la Constitución Europea (¡vaya, he entrado en la historia!).

Os lo recomiendo: estoy seguro de que, como yo, acabaréis devorándolo.

martes, 23 de junio de 2009

Coincidiendo en análisis y argumentos con Joaquín Almunia

Excelente artículo de Joaquín Almunia hoy En País con el título "La coalición proeuropea". La verdad es que leyendo el suyo y el mío de ayer en Nueva Tribuna "Por el consenso europeo" parece que nos hemos puesto de acuerdo. Por algo será que coincidimos...

lunes, 22 de junio de 2009

Por el consenso europeo

A 15 días de las elecciones europeas -o sea, con cierta perspectiva- y tras el Consejo Europeo de Bruselas celebrado la semana pasada, publico hoy en Nueva Tribuna un artículo titulado "Por el consenso europeo" que reproduzco a continuación y espero que os parezca interesante:

POR EL CONSENSO EUROPEO

Tan enfrascados estamos todos en el “debate” político nacional que, una vez más, vamos a terminar desenfocando la reflexión sobre Europa, como era de temer.

De repente, las cuestiones fundamentales estriban en si la derecha o la izquierda europeas están en mayoría o minoría en las instituciones de la Unión o si Barroso va a ser o no Presidente de la Comisión Europea. Sinceramente, con ser temas importantes -faltaría más-, no son los esenciales.

Entre otras cosas, porque la construcción europea ha sido, es y seguirá siendo, afortunadamente, un proceso en el que la transversalidad y el acuerdo entre las grandes orientaciones ideológicas son imprescindibles.

Es lógico: la Constitución Española y la transición a la democracia en nuestro país –que considero un ejemplo de buen hacer colectivo frente a tanto revisionismo en boga- no hubieran sido posibles sin grandes consensos –palabra que ha desaparecido, lamentablemente, del vocabulario político cotidiano-.

Igualmente para la UE, que no es un edificio político terminado, sino en el que todavía faltan, incluso, buena parte de los cimientos, en el que no cabe imaginar que la línea divisoria fundamental se establezca entre derechas e izquierdas, porque, en realidad, la gran diferencia en Europa se sitúa entre europeístas y euroescépticos, como siempre.

¿Cómo hubieran podido salir adelante el Tratado de Roma, el Acta Única, Maastricht o la moneda única sin un acuerdo entre los conservadores y los socialdemócratas europeístas, desde De Gasperi a Kohl, desde Brandt a González? ¿Cómo hubiéramos podido redactar la Constitución Europea en la Convención de otra forma?

Ahora que enfrentamos una crisis económica sin precedentes, contamos con un nuevo socio internacional –Obama- con el que construir un nuevo orden político y se ha desbloqueado la entrada en vigor del Tratado de Lisboa, ¿vamos a empezar a pelearnos en términos ideológicos simplistas en la UE?

No, desde luego que no, pues es precisamente en estos momentos de desafío y oportunidad cuando se hace imprescindible reforzar el gran consenso europeo entre conservadores y socialistas para definir las grandes orientaciones colectivas. Otra cosa será, en aplicación de los mecanismos de toma decisiones de la Unión, la orientación que cada uno quiera dar a las competencias comunitarias de acuerdo con el respaldo ciudadano recibido democráticamente en las urnas.

El siguiente reto de los europeístas no está en si Barroso preside o no la Comisión Europea, una institución que por otra parte refleja una de las mejores características de la UE: su carácter colegiado, lejos de los personalismos y los nacionalismos.

El auténtico desafío europeo reside en aplicar al máximo el Tratado de Lisboa con la vista puesta en un nuevo e imprescindible desarrollo constitucional –no hay que asustarse de las palabras- que dote a la UE de un gobierno económico y social sin el que seguirá cojeando inevitablemente y permita por fin culminar la unión política.

Y eso habrá que conseguirlo entre todos. ¿O alguien piensa que el laborista Brown es menos reticente a ello por socialista que Merkel por conservadora? La demonización ideológica del contrario que tanto gusta en la política nacional es absurda, al menos, en términos europeos, y así lo han percibido los ciudadanos que han ido a votar entre el 4 y el 7 de junio pasados, dando una lección de serenidad y experiencia.

El país del trébol votará de nuevo en otoño con la seguridad, como dijo tras el Consejo Europeo que adoptó las garantías para Irlanda sobre la no aplicación del Tratado de Lisboa el Premier británico, de que se ha hecho explícito lo que ya está implícito en ese texto.

Deberíamos agradecerle a Gordon el favor, ya que ese es el problema: que el Tratado ni establece una fiscalidad común, ni un ejército europeo, ni un derecho civil compartido. Es más, hasta el acuerdo con Irlanda –Dublín bien vale una misa- se ha llevado por delante la creación de una Comisión Europea más efectiva por reducida, que a partir de ahora seguirá contando con un nacional de cada estado.

Termino con una idea, que seguro creará polémica racional y educada, tipo transición española y modelo comunitario: si los socialistas europeos se han equivocado en la pasada campaña ha sido en su empeño en tratar de diferenciarse de los conservadores en todo y en términos dramáticos como algo prioritario, en vez de reivindicar su papel central en esta Unión de todos –casi despreciándola por “neoliberal” en muchos discursos, alienándose del logro histórico de paz, libertad y progreso que representa- y en la necesidad de ser mayoría, por supuesto, pero no para el enfrentamiento, sino para liderar un consenso que culminara la unión política, económica y social para salir de la crisis y asegurar el estado del bienestar, que nadie cuestiona.

Estoy seguro de que la Presidencia Española de la UE será un éxito, en primer lugar, porque será capaz de fortalecer ese consenso europeísta en bien del proyecto que todos compartimos. Y eso incluye, por descontado, trabajar con Barroso, la Eurocámara Sarkozy, Merkel, Sócrates o Brown, entre otros, porque todos somos europeos y europeístas por encima de cualquier otra consideración. Así lo está haciendo el Gobierno con el asunto Presidencia de la Comisión y está bien hecho.

Carlos Carnero

martes, 16 de junio de 2009

Aterrizajes, El Prat y Barajas

Después de unos días de intensa actividad de aterrizaje en mis nuevas responsabilidades -de las que os informé en este blog- retomo con ganas la escritura de este diario europeo y europeísta.

Ya hablaremos de muchas cosas en las próximas jornadas, pero hoy me quiero detener en una: la inauguración de la nueva Terminal 1 del Aeropuerto de El Prat.

Sin duda alguna, es una buena noticia para Europa, España y, en su seno, Cataluña, que demuestra la capacidad de inversión e innovación del Estado, que somos todos.

Por eso me preocupa que, una vez más, se informe demasiado a la ligera de tan feliz acontecimiento en términos de contraposición y/o competitividad, en vez de cooperación y complementariedad.

Basta ver el ejemplo de la información que publica El País digital sobre el tema con el título "Dos terminales que compiten en todo" para darse cuenta que, sin prudencia, terminaremos de nuevo alimentando demonios familiares que no convienen a nadie. A unos pocos puede beneficiarles e interesarles ese blanco y negro, pero a la mayoría, no, sino todo lo contrario.

Hasta cuando las fronteras de difuminan en el aire, nos empeñamos en volver al erre que erre.

Una vez más, Europa es la solución, no el problema.

lunes, 8 de junio de 2009

Europa, sin excusas

Hoy publico en Cinco Días un artículo sobre el día después de las elecciones europeas con el título "Europa, sin excusas". Lo tenéis en este enlace y lo reproduzco a continuación:


Europa, sin excusas
Quizás suene a ya oído, pero esta vez va en serio: la UE que ha salido de las séptimas elecciones directas a la Eurocámara se la juega ante la ciudadanía propia y ajena porque, si se cumplen las previsiones, no tendrá excusa para dejar de responder con democracia y eficacia a una realidad tan compleja y, al tiempo, llena de oportunidades como la que nos ofrece el mundo de hoy.
Sí, la UE deberá afrontar retos enormes: crisis económica y financiera, mantenimiento del estado del bienestar, contribución a frenar el cambio climático y, desde luego, definición de un orden internacional multipolar en el que la solución negociada de los conflictos y la erradicación de la pobreza sean objetivos esenciales.
Como los alumnos perezosos, la Unión podría –una vez más- arrastrar los pies asegurando que las lecciones necesarias para aprobar un examen con tan amplio y complicado temario no se han impartido o, de tratarse de un trabajo en equipo, que los compañeros de clase son poco colaboradores.
Pero ahora no caben evasivas. Primero, porque la UE ya lleva muchos años cursando la carrera; segundo, porque si es verdad que con los libros de texto actuales –Tratado de Niza- es imposible contestar a todas las preguntas, no es menos cierto que con los nuevos –Tratado de Lisboa- se puede hacer correctamente en buena parte de ellas; y tercero, porque quien se sienta al lado en clase –Obama- tiene tantas ganas de echar una mano como de que se la echen, consciente de que en el Planeta globalizado hay aprobado o suspenso general.
Claro que para que todo este ejercicio salga bien hacen falta al menos tres condiciones: que el Parlamento Europeo entrante sea capaz de recuperar la fuerza política e institucional que fue el motor de las convenciones que elaboraron la Constitución Europea y, antes, la Carta de Derechos Fundamentales, textos de los que el Tratado de Lisboa es heredero directo; que la nueva Comisión Europea que elija la Eurocámara tenga el empuje y la autonomía de sus mejores tiempos, cuando su perfil era nítido y sabía hacia donde había que dirigirse; que Lisboa entre en vigor (segundo referéndum irlandés mediante).
Con las nuevas competencias que el nuevo tratado atribuye a la Unión será posible gestionar mucho mejor el “interés comunitario” –recuperemos ese concepto- en terrenos clave como la energía, los asuntos de justicia e interior y la acción exterior, pero aún será insuficiente en otros, como el del gobierno económico y social, que exigirán nuevos desarrollos constitucionales si queremos acercarnos a completar la unión política. ¿Quién lo impide, en un proceso de renovación continua como el de la construcción europea?
En todo ese marco, el semestre de Presidencia Española de la UE se presenta como clave: a una Unión que tendrá que aplicar a fondo el Tratado de Lisboa, responder a la crisis económica y garantizar el modelo social europeo, con nuevos socios internacionales, le vendrá como anillo al dedo que el Consejo esté dirigido por un país y un gobierno profundamente europeístas, dispuestos a actuar en coalición de palabra y hecho con el nuevo Parlamento y la nueva Comisión.
La UE no puede permitirse ya pérdidas de tiempo ni divagaciones. De lo contrario, la confianza ciudadana europea –cuya promoción conceptual y efectiva debe ser una labor prioritaria, por cierto- en la Unión y la de los socios terceros se evaporará en el aire. Y nadie en su sano juicio dilapidaría un capital tan bien ganado.

Carlos Carnero,
Embajador en Misión Especial para proyectos en el marco de la integración europea

domingo, 7 de junio de 2009

Votar para y por Europa

Hoy basta con un mensaje: hay que votar para y por Europa.

sábado, 6 de junio de 2009

Nuevas responsabilidades, igual objetivo: contribuir a la construcción europea

El Consejo de Ministros me nombró ayer Embajador en Misión Especial para Proyectos en el Marco de la Integración Europea.

Afronto esta nueva responsabilidad con ilusión, porque estará especialmente dedicada a la promoción del proyecto europeo entre y con la ciudadanía, fomentando la actividad y articulación de la sociedad civil en tal sentido.

Para quien, como yo, ha dedicado los últimos quice años de su trabajo a Europa, como miembro de la Eurocámara y, especialmente, de la Convención que redactó la Constitución Europea, es una gran satisfacción continuar contribuyendo de esta manera a la definición de la ciudadanía europea.

Especialmente cuando se acerca la Presidencia Española de la UE, que será un momento particularmente clave e ilusionante para nuestro país y para el conjunto de Europa.

viernes, 5 de junio de 2009

Finalizando la campaña electoral con argumentos

Finaliza la campaña electoral y el Secretario de Estado para la UE, Diego López Garrido lo hace con argumentos europeos y europeístas, la única manera de interesar y convencer a la ciudadanía. Os recomiendo su artículo en El País de hoy, que tenéis en el enlace.